Perversión política 2.0: ¿dignificar o desprestigiar?

Redes sociales y política, siempre han ido de la mano desde su integración a principios del siglo XXI. Se han complementado positivamente en muchos aspectos.
Pero es en los tiempos actuales, cuando esta interactuación entre políticos y comunicación 2.0, en especial entre representantes en instituciones de los ciudadanos de a pié con el mundo virtual, han supuesto un cambio en algunos aspectos hacia lo negativo, hacia mostrar los aspectos adversos de las actuaciones de unos y otros en sus respectivas tareas políticas.
En esta sociedad de la información, se dan casos cada vez mas numerosos de publicaciones en redes sociales, por parte de nuestros representantes a cualquier nivel, de ataques hacia otros políticos con los que comparten asiento en las instituciones públicas. Estos ataques, comienzan a estar documentados con vídeos y fotografías de las actuaciones que se realizan en nuestras corporaciones y organizaciones públicas, siendo en un porcentaje bastante alto, objeto de ataques perversos e incluso maquiavélicos hacia otros compañeros institucionales, con la finalidad de dejarles en mal lugar ante la opinión pública.

Hoy en día, es normal ver a nuestros políticos, utilizando las redes sociales para darse a conocer, contactar con otros políticos, con personas anónimas, en definitiva, humanizar y popularizar al usuario político.
Es cuando ese representante de la democracia se alía a la perversión cuando esa humanización que pretende conseguir en el mundo 2.0 se convierte en una cuestión animal, pasando de lo inteligente y lo amable que caracteriza a lo humano, a lo visceral e irracional de lo animal.
Están comenzando a utilizar la comunicación 2.0 como meras batallas de guerra, donde el ganador es aquel que tiene el atrevimiento a evaluar y crear un juicio paralelo en la sociedad sobre el vencido, siendo incluso víctimas de sus propias acusaciones y enjuiciamientos públicos virtuales.

Soy consciente de la libertad digital con la que actualmente contamos, y que la usamos para escribir lo que queremos, cuando queremos y como queremos. Esta libertad enumerada en muchos textos jurídicos, hace que nos realicemos la siguiente pregunta; dentro de la libertad digital que Internet y las redes sociales nos brindan, ¿Cual es el límite entre una política dignificada y otra desprestigiada?
Es cierto, que la realización de estas actuaciones, puede conllevar un conocimiento por parte de los ciudadanos mucho mas exhaustivo de los cometidos y actuaciones que se realizan en las instituciones públicas. Teniendo en cuenta la pregunta anterior, deberíamos ahora preguntarnos si esa información virtual y pública sobre la forma de hacer política es totalmente objetiva, o implica algo mas por parte de la persona que lo publica.

La reputación y prestigio de un político, se ve afectada desde el momento en el que piensa en la realización con fines dañinos de vídeos y fotografías durante los plenos, reuniones, comisiones y otras actividades políticas.
Cuando nuestros representantes se encuentran ejerciendo su trabajo como políticos, deben de dedicarse a que éste sea el mas completo, transparente y democrático posible, dejando de lado, la realización de vídeos o fotografías a los demás compañeros institucionales, para mas tarde mofarse de ellos en público.

¿Por qué se empeñan en ejercer una política dañina, en vez de una política democrática para los ciudadanos que les han dado su confianza con el fín de mejorar nuestro país?

¿Cómo vamos a conseguir dignificar la política, si los mismos que se dedican a ella, utilizan las nuevas tecnologías y las redes sociales, para desprestigiar a los partidos contrarios en las instituciones tanto a nivel local, autonómico y nacional?

Bajo mi punto de vista, esta mala práctica virtual, conlleva a percibir el trabajo político de manera distorsionada, sujeta a susceptibilidades que quitan toda objetividad a las decisiones que se toman en nuestras instituciones.

Pero si está mal visto el publicarlo, peor está por parte de los políticos y públicos afines el “clickear un me gusta” o compartirlo en sus muros, o “retwittear” una foto. Esta actuación es mas irrespetuosa aún que la anterior, ya que los que actúan así, dejan mucho que desear como profesionales, demostrando que la calidad política tiende cada vez mas a suspender que a arañar unas décimas para obtener un aprobado.

La calidad de nuestros políticos, comienza a ser cuestionable cuando se ven actuaciones de este tipo.
Después de esta reflexión, llego a la conclusión de que dedican su tiempo de trabajo para criticar, poner faltas a los demás y regocigarse con su público virtual de la hazaña nociva, en vez de para mejorar la calidad de vida de todos nosotros, que es para lo que se les dió legitimación en los diferentes procesos electorales.
Si realmente queremos una política de calidad, deberemos paliar estas actuaciones, mas características de la prensa rosa, que de una política española contemporánea de calidad.

La borrachera democrática

Dentro de la comunicación política, autores como Alain Minc, con su libro La Borrachera Democrática, es uno de los pioneros en estudiar la relación entre opinión pública, comunicación y política. Aquí expongo un breve resumen sobre el mismo, ya que considero de vital importancia el conocimiento de bibliografía tan influyente y en referencia a temas de comunicación política, como el caso que nos acontece.
Es un ensayo sociológico-político con un sentido agudo de la ocurrencia, caracterizado por la fuerza del pensamiento dominante en Francia a finales del siglo XX, consagrada a la ” democracia de opinión ” que pasará a suceder, según él, a la democracia clásica.
Alain Minc levanta una severa crítica contra los periodistas acusados de haberse dejado manipular en el asunto Greenpeace por ingenuidad y por sus gustos por una mediatización de la política bastante importante. Para él, una ” nueva trinidad” ha proliferado últimamente, con riesgo de la democracia. Siendo constituido por los jueces, los medios de comunicación y la opinión pública, habría sucedido a los tres “pilares” en los cuales reposaba el sistema clásico – la representación, el Estado-providencia y la clase media – y amenazaría con transformar la sociedad en un ” barco ebrio “, sin principios estabilizadores ni dirección firme.

Ninguno discutirá que las formas tradicionales de regulación social estén en crisis. El sistema de democracia representativa es debilitada por decadencia de los partidos y el papel de los sondeos. El Estado-providencia parece cada vez más impotente para responder a su misión, desde que los actores sociales prefieren el corporativismo al interés general. La expansión de la clase media, que encarnaba la esperanza de promoción de los más desfavorecidos, ha sido contrariada por el crecimiento de las desigualdades de toda orden.
En cambio, la descripción de la nueva trinidad considerada la reemplantación la antigua correa el lector perplejo. No volvamos sobre la crítica de los medios de comunicación que, en contacto con la omnipresencia de los sondeos, tienen, según el autor, profundamente alterado el juego político: los efectos depravados de la máquina popular no son negables, sino no sabríamos sin exageración imputarle la crisis de la política ni sobre todo sostener que tiende hoy a suplir el sistema representativo.
El juez, el segundo miembro de la tríada, aparece” como el regulador de todos los conflictos”. Saludemos con él el progreso del Estado de derecho en detrimento del ” Estado jacobino “, reconozcamos el desarrollo de la transparencia, del arbitraje, pero no enterremos demasiado rápidamente Estado-providencia, que Pierre Rosanvallon, nos invita a reconocer.
El último componente de la trinidad, la opinión es también la más misteriosa. Un “enigma”, afirma Alain Minc. El estallido de la clase media y los progresos del individualismo habrían desorganizado la sociedad, dejando subsistir que uno ” inasequible opinión “, que no sería producido unos medios de comunicación ni el de los sondeos sino se identificaría, que lee bien al autor, con un tipo de humor colectivo e imprevisible por naturaleza. Esta opinión enigmática sería, al fondo, un sustituto de las clases sociales, en lo sucesivo impotentes encuadrar tan moviente realidad.
Para dominar la ” democracia de opinión ” en gestación, el autor propone en efecto una nueva tríada, que considera más equilibrada: ” política, las élites y la opinión “. La política, pide desarrollar los procedimientos (los referéndum, por ejemplo) que hacen posibles los grandes debates nacionales, pero también de reforzar las instituciones independientes .Las élites, esperan hacer de contrapeso a las derivas populistas y cumplir, en nombre del interés general, su deber de pedagogía. En cuanto a la opinión publica, es importante escucharla, pero será mejor ” amaestrarla ” e intentar alienarla.

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