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¿Institucional o Relacional?

La política necesita de la comunicación para cumplir sus objetivos, que van desde la transmisión de un mensaje hasta la movilización del electorado, siendo en su ejecución donde muchos erran, triunfan o se mantienen.

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Es en la estrategia comunicativa de nuestros políticos, donde, bajo mi punto de vista, existen diferentes finalidades y procesos, que dan a consecuencia, dos modelos comunicativos diferenciados pero complementarios; la comunicación institucional, y la relacional.

Cabe recordar que dentro de cada modelo, se debe tener en cuenta el contexto en el que se da, el lenguaje que se utiliza, la propia oratoria del político y la estrategia dirigida hacia unos objetivos.

Con la comunicación institucional, hago referencia a la utilización por parte de  la clase política en sus acciones institucionales de representación de la ciudadanía, de una  oratoria donde el ataque y la firmeza son consideradas indispensables.

Es ejecutando este tipo de comunicación donde el político demuestra si su elección ha sido acertada o no, si quienes les han votado se sienten o no representados, es donde convencen o no convencen sus argumentos, objetivos que dependen directamente de la capacidad comunicativa y la preparación de sus intervenciones, en las que algunos leen, y otros interpretan un resabido papel.

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Será la comunicación de carácter institucional la que tendrá a los medios de comunicación como intermediarios entre las acciones políticas y la propia ciudadanía, obteniendo de esta forma mayor repercusión mediática donde el mensaje va encaminado hacia la información que los medios de comunicación difunden y promocionan. Hacer referencia únicamente a medios de comunicación es quedarse obsoleto, ya que incluso podemos hablar de la importancia de la viralización online que las redes sociales permiten en su utilización con respecto a la comunicación institucional, donde toma protagonismo de nuevo la relación político ciudadano, y los medios ostentan un lugar informativo y de reflexión.

Ha sido y es este tipo de comunicación la que ha generado desconfianza y desafección política, la que ha influido e influye en la opinión pública, la que hace que la población se sienta engañada u orgullosa de las iniciativas y propuestas que sus elegidos en elecciones llevan a cabo.

Aunque sus funciones requieren una comunicación directa, activa y a veces tensa, donde la confrontación es un punto a favor de unos y en contra de otros, no es el único rol que deben desempeñar en materia comunicativa nuestra clase política.

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No debemos olvidar la otra cara de la comunicación en un político, la comunicación relacional, la que se lleva a cabo en el tú a tú con los ciudadanos, dejando a un lado la formalidad de las instituciones y donde hay cabida a características propias de los políticos como pueden ser la espontaneidad o la simpatía.

Esta comunicación traspasa fronteras y puede llegar a ser muy efectiva ante procesos electorales, ya que está está dirigida hacia la propia ciudadanía, sin intermediarios que informen, es en las distancias cortas donde podrá ganarse el afecto de aquellos vecinos con los que entable conversaciones, donde realmente se encuentra el poder político.

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Observamos en muchas ocasiones que la formación en oratoria es indispensable para ejercer bien las acciones y la comunicación institucional, pero será la relacional la que siempre irá marcada por la personalidad, cultura y simpatía del político que corresponda.

En definitiva,  la comunicación de los representantes públicos, debería estar compensada entre institucional y relacional, ya que las dos son necesarias y complementarias en el largo listado de tareas políticas que nuestros cargos públicos deben realizar.

Por tanto, persuasión, retórica y espontaneidad son importantes a partes iguales en esto de la comunicación política, para convencer, para emocionar, para gobernar.

Comunicación y Estrategia

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Las estrategias de comunicación política, los procedimientos y fases que se estipulan con anterioridad para conseguir unas perspectivas determinadas, deben ser lo suficientemente maleable, donde se tenga en cuenta elementos incluidos en un plan b para adaptarse a posibles cambios en el contexto político en el cual se suceden.

Estas estrategias  si las extrapolamos a nivel  estatal, deben tener en cuenta la diversificación existente en su desarrollo, ya que deberán dirigirse a diferentes públicos, con diferentes objetivos a conseguir y con diferentes percepciones del gobierno central.

Dentro de esas acciones comunicativas que en suma dan como resultado toda la estrategia, las que más repercusión causan y las más esperadas, casi como el agua de mayo, son las ejecutadas por el propio presidente del gobierno.

El dilema aparece cuando, esta institución, que representa a todo un país  en el desarrollo de sus estrategias de comunicación, hace el vacío a quien le debe su poder.

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Sus palabras, alegatos y discursos en cualquier acto son, por un lado,  las de mayor trascendencia, por otro, en este caso concreto, insuficientes a lo que se espera.

Nadie ha dicho que fuera fácil afrontar una crisis en esa posición política, pero la rigidez con la que llevan a cabo su comunicación, hace que la ciudadanía española se sienta desamparada y decepcionada con sus gobernantes, y más cuando su presidente  se hace experto en comunicación europea pero que abandona la estatal, la que le ha dado los privilegios políticos de los que goza, sin dar ninguna explicación de sus acciones.

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Pero la cosa gana aún más en desconcierto cuando en sus labores comunicativas, solo contesta a nivel internacional, descartando de sus discursos lo negativo, negando la realidad en muchos casos, que prefiere quedarse corto a pasarse y que se le califique de dañino, sin caer en la cuenta de que la posición que ha tomado  hace que se le perciba como un presidente que no cumple expectativas, dubitativo y reservado en exceso, al que muchos califican como el presidente silencioso.

Esa desinformación a la que los españoles se ven sometidos por parte de su presidente, nos hace ver que la situación actual en la que nos hemos visto envueltos desencadenada por cambios políticos, episodios pasados y malas gestiones económicas,  le ha  venido en grande a una mala planificación estratégica en materia de comunicación a nuestro gobierno, donde la nula previsión de malos tiempos para la política hacen que la sociedad española no se sienta identificados con sus máximos representantes.

Estrategias objetivas y resultados subjetivos

“Ningún hombre es lo bastante bueno para gobernar a otros sin su consentimiento.”

Con estas palabras, Abraham Lincoln se refería a la representatividad que los ciudadanos, en elecciones, les otorgan mediante el voto a determinado color político. Indirectamente habla de democracia, donde el pueblo ejerce la soberanía mediante elección libre de sus dirigentes.
Pero esa elección libre, ¿es objetiva, o subjetiva?
Evidentemente, esa preferencia conlleva intereses de diversos tipos, afinidad, empatía, etc… no podemos pensar que la elección de votar a determinado partido es objetivo, ya que siempre conlleva alguna esencia subjetiva.
El cómo los partidos trabajan para llegar a tener calado en esa subjetividad y que los ciudadanos se sientan identificados con ellos, sus dirigentes y su forma de hacer política, dan sentido a las estrategias políticas.

La finalidad de las estrategias consiste en llegar al objetivo principal; la consecución de mas representatividad, lo que conlleva obtener mas votos y por tanto, mas poder político en las instituciones.
Si el partido ya disfruta de poder político e institucional, su objetivo será fidelizar a sus votantes y conseguir captar nuevos para afianzarse en la posición.
Con el tiempo, cada partido tiene un “nicho de votantes”, que se refleja en sondeos y encuestas privadas, donde se indica hacia que población deben enfocar sus mensajes y su estrategia.
No es lo mismo enviar un mensaje a un grupo de población joven que a uno mas maduro, los intereses de uno y otro son diferentes aunque en algunos puntos puedan complementarse.
Toda estrategia, está formada por diferentes acciones a realizar en diferentes campos: comunicación, mensaje, publicidad y eventos, pero todos dirigidos hacia un “target”: el público objetivo. Este mismo público que en un principio podemos considerar objetivo, mediante lo anteriormente citado, pretenden transformar en subjetivo, y sea cuando ejerzan su derecho al voto.
¿Y cuando se ponen en práctica estas estrategias?
Aunque es habitual seguir una determinada estrategia política a lo largo de la vida de un partido, es en periodos de campañas electorales cuando se hace mas evidente, ya que es cuando se examinan en persuasión y en capacidad de convencer a la población para que les otorguen su confianza y se sientan identificados con sus propuestas, sus líderes y sus formas de ejercer política.

Un factor importante dentro de esa estrategia política en campaña, es el programa electoral: propuestas de mejora ordenadas por bloques temáticos que expone ante el pueblo un partido político. Estas propuestas, en el caso de obtener la representación esperada, las llevarán a cabo durante los mandatos.
Pero, ¿qué ocurre cuando les damos nuestra confianza y no cumplen esas propuestas de mejora? ¿Y cuando las contradicen?
Como dijo Gustave Le Bon: “Uno de los hábitos más peligrosos de los hombres políticos mediocres es prometer lo que saben que no pueden cumplir.”
Es en este momento, cuando los ciudadanos pierden la fe depositada en los políticos, cuando se sienten utilizados y cuando piensan en la política como una gran mentira.

Por tanto, para que la política tenga el valor que se merece, y se crea en ella como un mecanismo de mejora, sería bajo mi punto de vista una opción, el crear un documento, un contrato entre el ciudadano y el partido, donde si no se cumple lo que el partido propugna en el programa electoral, tuviese consecuencias y penalizaciones.
Si esta posibilidad existiese,se pondría de manifiesto una ética política olvidada por muchos y tan importante en la vida política. Además tendría mas adeptos y tomarían de una manera mas sensata las propuestas. En este caso los partidos pensarían antes en las consecuencias negativas que supondrían algunas cosas expuestas como propias en sus programas, y crearían proposiciones acordes a las necesidades del día a día.
Por tanto, al igual que se controla a los ciudadanos, es necesario un control por el pueblo de las promesas y compromisos que la clase política les hace, para que ésta sea lo mas efectiva y consecuente posible.