Abril arrebata la ficción: mendoza burla la verdad y baltasar enciende el deseo
La primavera editorial estalla con una artillería de nombres que suenan a provincia y a Nobel. Eduardo Mendoza, recién investido Princesa de Asturias, devuelve la voz a su detective imbécil para demostrar que en Barcelona el misterio no es quién mató a quién, sino por qué nadie quiere saberlo. La ciudad se vuelve a teñir de guasa ácida y el lector atrapa el libro como quien atrapa un taxi a las cuatro de la madrugada: sabe que le va a salir caro, pero no puede evitarlo.
Atxaga desentraña el silencio que dejó urtain en el ring
Bernardo Atxaga clava la mirada en 1992, cuando cayó el mito de José Manuel Ibar, y desde allí tira del hilo hasta 2042. El resultado es una tríptico de sombras donde la culpa viaja en maleta de mano y la memoria se rompe los ligamentos. Nadie escribe la violencia vasca con tanta pulpa y tanto miedo a la cicatriz.
Isabel Allende, la chilena que bate récords en Spotify y en librerías, abre la puerta de su taller como quien abre la nevera a medianoche: para enseñar la materia prima, pero también los restos. Su manual no es un decálogo de buenas maneras; es la radiografía de una superviviente que factura con la misma brutalidad que ama.

Irving reinstala el orfanato y baltasar encadena la pasión
John Irving regresa a St. Cloud’s con Esther, una niña que parece construida con las sobras de sus novelas anteriores: gorda, fea y brillante. El lector huele el sidra y el desinfectante, y comprende que el autor estadounidense sigue obsesionado con los cuerpos que no encajan en la familia ni en el mundo.
Eva Baltasar, la catalana que ya hizo temblar al Booker, estrena Peces: 160 páginas donde la atracción entre dos mujeres se vuelve tan líquida que acabas oliendo el cloro de la piscina y el miedo a ahogarse. La pasión dura lo que un cigarro; el desastre, lo que una vida. La escritora desgrana el deseo como quien desgrana una granada: con la mano teñida de rojo y la certeza de que la mancha no se va.
Luis García Montero, el poeta que se atrevió a ser director del Instituto Cervantes, se estrena en la novela con la historia de un juez franquista y el preso que lo perdona. El resultado huele a naftalina y a segunda oportunidad, y demuestra que la literatura también puede ser un acto de amnistía.
La nómina se cierra con una alemana muerta en 1934 que aterriza en 2026 para recordarnos que el fascismo no regresa; nunca se fue. Y con una chilena, Alejandra Costamagna, que desaparece a una amiga en el Santiago de los ochenta para hablar de la desaparición que aún sangra en la conciencia colectiva. Abril no es un mes; es un arsenal. Coge el libro que te duela. El que no duela, no sirve.