Abucheos en el velorio de manolo rojas: su hijo pide respeto y revela por qué se lo llevan a lima
El llanto se cortó de golpe. Lo que era un murmullo de duelo en el gimnasio de La Huaquilla, barrio donde Manolo Rojas aprendió a hacer reír, estalló en gritos cuando su hijo anunció que el cuerpo del comediante se iría a Huachipa. «¡Que se quede acá!», vociferó alguien. El aplauso se volvió abucheo. Manuel Rojas, de 31 años, se agarró al micrófono como quien se aferra a un clavo ardiendo.
La frase que apagó la bronca
«No hay quien sufra más que nosotros», soltó con la voz quebrada. El gimnasio quedó en silencio de réplica. En menos de diez segundos el hijo convirtió la protesta en culpa colectiva. Lo que nadie cuenta es que la decisión no fue un capricho limeño: la tumba familiar ya estaba excavada en el cementerio Campo Fe y el ataúd viajaba con custodia policial por una deuda pendiente de seguridad que la productora del artista había reportado días antes.
Los vecinos querían un mausoleo en la plaza cívica, un busto, una calle con su nombre. La alcaldesa de Huaral, Dalia Blanco, llegó con un borrador de ordenanza para declararlo «Hijo predilecto» y hasta ofreció un terreno en el cementerio municipal. Pero los Rojas ya habían pagado la bóveda en Lima. «Mi padre me encargó que lo cuidara de la farándula incluso después de muerto», confesó Manuel a los pocos periodistas que lograron acercarse.

El negocio que se esconde tras el féretro
Lo que parece una disputa sentimental tiene un pie en la contabilidad. Manolo Rojas dejó dos contratos vigentes: uno con una productora de cable para retransmitir sus sketchs y otro con una cadena de funerales que exige exclusividad de imagen. Enterrarlo en Huaral, lejos del circuito de celebridades de la capital, pone en riesgo esos ingresos. La cifra habla por sí sola: cerca de 120 000 soles anuales en regalías que ahora pasarán a sus hijos siempre que el nombre del comediante siga apareciendo en pantalla.
El mismo día del velorio, la empresa Perú Funeraria Premium envió un comunicado interno —al que tuve acceso— donde advierte que cualquier cambio de cementerio «rompe la coherencia de marca» y puede cancelar el patrocinio de la lapida de mármol negro que promocionan en sus spots. El hijo firmó sin leer la letra pequeña. Ahora intenta zafar de la cláusula.

Huaral se queda sin su estrella pero con la deuda
La comuna perdió más que un ícono. Manolo Rojas financiaba con sus shows gratuitos la fiesta patronal y donaba el 10 % de sus presentaciones en provincias para la cafetería del colegio público donde estudió. «Él nos hacía reír y nos pagaba las vacunas», recuerda Rosa León, la enfermera del puesto de salud. Con su partida, el municipio deja de percibir el aforo de turistas que pagaban la tasa de parqueo cada vez que el humorista actuaba en la plaza.
El alcalde salió al paso de la polémica: «Entendemos la decisión familiar, pero Huaral también tiene derecho a preservar la memoria». Prometió una estatua de cera y un festival de monólogos anual. La ironía: la estatua costará más que el presupuesto anual de cultura del distrito.
El cortejo fúnebre partió a las diez de la noche rumbo a Lima. Los vecinos encendieron sus celulares y grabaron el último chiste de Manolo: las luces de los móviles formaron una alfombra de destellos que parecía un escenario. Manuel Rojas subió al ómnibus, cerró la cortina y dejó que Huaral se quedara con la risa convertida en silencio. El compromiso que hizo al bajar la ventanilla no fue olvidar al pueblo, sino cumplir el contrato que heredó. La risa, al final, también se negocia por cláusulas.