Albares rompe el silencio: cascos azules muertos bajo mando español en líbano

La muerte de tres soldados indonesios en menos de 24 hora en el sur de Líbano ha hecho saltar por los aires la precaria paz que sostenía la FINUL. José Manuel Albares no ha querido maquillarlo: “Estamos hablando de fallecimientos de soldados indonesios que estaban bajo mando español”. La frase, dicha en Radio Euskadi, suena a mea culpa y a advertencia al mismo tiempo.

El ataque que nadie aclara

El ministro reconoce lo que callan muchos despachos: no sabemos quién dispara. Ni Israel ni Hezbolá han reivindicado los ataques, pero los obuses cayeron cerca de las posiciones de la ONU, donde 600 soldados españoles custodian un triángulo de tierra que ya fue escenario de la guerra de 2006. Albares exige una investigación «inmediata» y advierte que las fuerzas de paz son «inviolables» según el derecho internacional. Lo que no dice es que, en los últimos meses, los cascos azules han recibido disparos de advertencia tanto del Ejército israelí como de milicias locales.

Mientras, en Madrid, el despacho de Defensa confirma que el contingente español está «ileso», pero activa el protocolo de refugio. Los soldados no patrullan tras el ataque; se limitan a vigilar desde las almenas de sus bases. La orden llegó anoche.

El líbano que se desangra y la ayuda que llega tarde

El líbano que se desangra y la ayuda que llega tarde

Albares anuncia un segundo avión con 21 toneladas de ayuda: tiendas, antibióticos y latas de garbanzos que llegarán a Beirut el viernes. Lo que no se lleva en los aviones es una hoja de ruta política. El ministro condena la invasión terrestre israelí y, en la misma respiración, los misiles de Hezbolá. El equilibrio es matemático: culpa a ambos bandos y se lava las manos. La ironía es que la FINUL fue creada precisamente para impedir que esos misiles abandonaran el sur del Líbano y, al mismo tiempo, para que Israel no pisara tierra libanesa.

En los últimos 40 días, más de un millón de libaneses han huido del sur. La frontera con Israel ya no existe: es un cinturón de hierro y humo. Los cascos azules, con sus chalecos azules y sus reglas de engamiento que obligan a no disparar salvo que les disparen primero, se han convertido en testigos mudos de un enfrentamiento que ya no entiende de treguas.

Albares insiste: “La fuerza militar nunca garantiza por sí sola la seguridad”. La frase suena a epitafio. Mientras tanto, en el campamento de Marjayoun, los soldados españoles cuentan los días para la rotación y rezan para que el próximo obús caiga más lejos. La paz, esa que tantas veces prometieron en Bruselas, huele a pólvora y a hospital de campaña.