Antonio banderas carga la virgen entre sus paisanos y sin anestesia de glamour

A las nueve de la mañana del Domingo de Ramos, Antonio Banderas ya sudaba bajo el sobaco de un traje de mayordomo que no valió un euro en la pasarela pero que hoy vale un capital en credibilidad popular. Málaga le ve pasar con el paso firme del capataz que no necesita cartel de estrella: jersey verde remangado, camisa blanca sin almidón y la certeza de que su sitio está bajo el palio de Lágrimas y Favores, no en la alfombra roja.

La parroquia donde sus padres se casaron lo devuelve al origen

San Juan Bautista huele a cera derretida y a historia familiar. Aquí se casaron José Domínguez y Ana Banderas en plena dictadura; aquí bautizaron a su hijo José Antonio que, décadas después, pagan en Hollywood cachets de siete cifras pero que hoy se deja la espalda entre maderos de cedro sin cobrar un duro. «Esto no es teatro, es pulso», murmura un cofrade mientras el actor se agacha para ajustar la cuerda del paso. El gesto es tan mecánico como cuando aprieta tuercas en un set de rodaje, solo que aquí el director es la Virgen y el público no paga entrada.

La escena desarma al turista que espera el glamour de Stella del Carmen, su hija, flanqueada por el empresario Alex Gruszynski, el yerno que aterrizó en octubre con alianza nueva y ahora aprende que en Málaga la dote incluye cargar tronos. La pareja circula entre nazarenos como quien visita la suegra: pasos cortos, sonrisas contenidas, blazer neutro que no desentona con el hilo de espera de los costaleros. Nadie pide selfie: la procesión respeta silencio y el silencio respeta a la familia.

El latido que no falló ni tras el infarto

El latido que no falló ni tras el infarto

En 2017 le colocaron tres stents en la arteria descendente. La noche antes de la operación pidieron autorización para una transfusión; él firmó y añadió: «Pero el Domingo de Ramos me venís a buscar». Así lo hicieron. Hoy repite el ritual sin médico de cabecera, solo con la glucometría del alma que mide devoción en latigazos de tambor. «La Semana Santa es mi cardio», soltó a Europa Press entre tramo y tramo, sin tiempo de metáforas porque la Virgen ya asoma al umbral.

Cuando el cortejo cruza la plaza de la Constitución, el sol de primavera pega en los ojos de Nicole Kimpel, pareja estable que no necesita anillo para entender que aquí la procesión es también suya. A su lado, Angy Fernández y Cayetana Guillén Cuervo comprueban que la lista de famosos se mide en callos, no en followers. El único flash que estalla es el del cielo cuando se abre un hueco entre nubes y alguien susurra: «La Virgen ha sonreído». Banderos no alza la vista: está ocupado contando pasos, uno menos que el año pasado, dice, porque la rodilla ya pide jubilación pero el corazón se lo impide.

La procesión regresa a San Juan cuando el reloj marca tres horas de carga cardiovascular. El actor se quita el guante y aparece la cicatriz del hospital, pequeña, blanca, como una firma que certifica que aquí también hay riesgo real. Se abraza a su hermano Francisco, prior de la cofradía, y ambos callan: no hace falta versículo cuando el silencio es hermano. Mañana volará a Madrid para ensayar Godspell; esta noche cenará pescaito frito en el Palo y nadie pedirá autógrafo. La estrella ya se apagó en la antesala del templo; lo que queda es un malagueño que se quita la camisa y descubre en el espejo el mapa de las costillas donde la Virgen ha firmado su contrato anual de fidelidad.