Beijing blinda pakistán: la nueva diplomacia de la guerra en irán
China ha puesto en marcha una operación de rescate diplomático que nadie vio venir: Wang Yi recibe este martes en la capital a Ishaq Dar para convertir a Pakistán en su escudo frente al diluvio de fuego que Washington y Tel Aviv desataron sobre Irán el 28 de febrero. La jugada desplaza el tablero de Oriente Próximo y coloca a Islamabad como corredor de urgencia entre los ayatolás y un mundo que ya huele a pólvora.
La reunión que nadie programó
El encuentro se ha fraguado en 72 horas. El domingo, Yi ya recibió a los cancilleres de Arabia Saudí, Egipto y Turquía; este martes, repite la fórmula con Dar, número dos de Exteriores paquistaní, mientras los drones israelíes y estadounidenses siguen trazando líneas de muerte sobre Teherán. La cifra habla por sí sola: más de 2.000 muertos en territorio persa y el estrecho de Ormuz convertido en un cruce fantasma.
La portavoz Mao Ning ha dejado caer la frase clave: «socios estratégicos para toda la vida». Traducido: Beijing no va a abandonar a su segundo proveedor de gas licuado ni a permitir que el conflicto le corte la arteria energética que alimenta su costa este. Lo que nadie cuenta es que, mientras habla, tres buques chinos han cruzado este martes el pasillo de Ormuz escoltados por la Guardia Revolucionaria iraní. Gracias, han dicho en Pekín, sin mencionar que el pasaje costó una llamada a medianoche y un silencio sobre armas.

El precio del pasillo
El minuto cero de la ofensiva occidental pilló a China con el 40 % de su petróleo atravesando el Golfo. El cierre del estrecho —16 millones de barriles diarios— amenaza con disparar el crudo por encima de los 120 dólares y con ello el coste de cada contenedor que sale de Shenzhen. La respuesta ha sido un doble juego: declarar «preocupación» en la ONU y, al mismo tiempo, blindar a su aliado paquistaní, único país musulmán con acceso directo a Irán y con ejército que ya entrena a los chiítas hace lustros.
En la práctica, Islamabad se convierte en la plataforma logística que Teherán ya no tiene. Por la frontera de Baluchistan —1.000 km de desierto sin ley— circulan hoy camiones sin registro que llevan piezas de repuesto, medicinas y, según fuentes indias, también cohetes 122 mm fabricados en Rawalpindi. Washington lo sabe y ha avisado: cualquier indicio de transferencia militar activará sanciones secundarias sobre empresas chinas. Pekín responde con la coartada diplomática: «cooperación para la paz». El eufemismo huele a pólvora.

El silencio de los barcos
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz sigue semivacío. Los armadores griegos han desviado sus buques al cabo de Guardafui y el seguro marítimo se ha encarecido un 300 % en una semana. China, que necesita que el tráfico fluya, ha desplegado un dispositivo inédito: buques de la marina mercante con bandera de Hong Kong y papeles de Singapur que navegan con AIS apagado y escolta pakistaní. El último, Cosco Shipping Aries, atravesó este lunes a plena luz, pero sus datos de posición aparecieron en Rabat, 7.000 km al oeste. El espacio se alquila.
La jugada final se escribe en la capital paquistaní. Allí, el primer ministro Shehbaz Sharif ha convocado a su gabinete de emergencia para aprobar una «zona franca de transbordo» en el puerto de Gwadar, justo donde China invirtió 62.000 millones de dólares en el Corredro Económico. El objetivo: convertir el enclave en el nuevo Dubai del petróleo iraní, bajo protección de los misiles DF-17 que Pekín despliega en la base de Jiwani, a 30 km de la frontera. La guerra se privatiza y China cobra peaje.
El mundo contempla atónito cómo la «cooperación» que anuncia Mao Ning se traduce en un protectorado de facto sobre el Golfo. Mientras Europa debate sanciones que nunca llegarán, Beijing ya ha movido sus piejas: gas iraní, puerto paquistaní y un silencio que vale millones. El mensaje es brutal: si Occidente quiere el petróleo, tendrá que negociar con el dragón. Y el dragón, por ahora, solo acepta yuanes.