Bin salmán convoca a reyes árabes para blindar el golfo ante el avance iraní
Mohamed bin Salmán ha dicho basta. El príncipe heredero saudí reunió en Yeda al rey Abdalá II de Jordania y al emir qatarí Tamim bin Hamad en una cumbre exprés cuyo único punto del orden del día era pararle los pies a Teherán antes de que el conflicto se trague la principal vía marítima de petróleo del planeta.
La reunión que no apareció en la agenda oficial
Ninguno de los tres palacios anunció la cita hasta que las puertas del palacio de Yedas ya estaban cerradas. Dentno, sin embargo, el mensaje fue tan directo como las balas que los drones iraníes lanzaron contra Dhahran el mes pasado: si Irán cierra el estrecho de Ormuz, Riad perdería 8 millones de barriles diarios y Qatar vería desplomarse el 40 % de sus ingresos por gas natural licuado. La economía mundial se iría al traste en 72 horas, advierte un asesor energético que trabajó para Aramco hasta 2022 y pide anonimato.
La foto de los tres líderes —dos monarcas absolutos y un príncipe que ya maneja el poder real— no era un gesto diplomático. Era la foto de un frente común que suma 170 000 millones de dólares en reservas de hidrocarburos y que, según el comunicado final, responderá «con todos los medios disponibles» a cualquier nueva agresión contra oleoductos o terminales de gas.
Jordania, sin un solo pozo de petróleo, entró en la sala con otro tipo de cartas: su estabilidad. El reino hashemita alberga a 2,3 millones de refugiados sirios e iraquíes y teme que un estallido regional vuelva a llenar sus ciudades de pasaportes falsos y armas baratas. Abdalá II salió de Yeda con la promesa de un fondo de emergencia que Riyadh y Doha financiarán por partes iguales y que empezará a llegar en octubre, aseguran fuentes de la Cancillería jordana.

El chantaje energético ya no es negociable
Lo que nadie firma pero todos respiran es que la guerra ya no se pelea solo en el aire. El pasado 12 de agosto un dron alcanzó el oleoducto East-West Pipeline a 120 km del mar Arábigo; el precio del Brent saltó 4 dólares en la apertura asiática. «Cada nuevo ataque nos cuesta 1 200 millones en primas de seguro», reconoce un ejecutivo de una aseguradora de buques con sede en Dubái. «Y eso sin contar los días de parón forzoso que pagan las refinerías de Houston o Rotterdam.»
Por eso, mientras los tres jeques se tomaban el té con cardamomo, en Islamabad se reunían los ministros de Exteriores de Turquía, Egipto, Pakistán y, cómo no, Arabia Saudita. El objetivo: ofrecer a Irán una mesa de salida que evite la ofensiva israelí que Washington ya tiene lista sobre el papel. «La propuesta incluye un levantamiento parcial de sanciones a cambio de congelar el enriquecimiento al 60 %», revela un diplomático europeo presente en las conversaciones. «Pero Teherán primero quiere ver si los árabes cumplen su parte: dejar de comprar armamento israelí.»
La jugada es arriesgada: si el ayatolá Jamenei rechaza la tregua, el frente saudí-qatarí-jordano podría respaldar una acción militar occidental con la excusa de proteger el comercio mundial. Y eso, en la jerga de los mercados, se traduce en un barril a 150 dólares y una gasolina en España por encima de 2,2 euros el litro antes de Reyes.
Bin Salmán, que ya encarceló a los príncipes rivales en el Ritz-Carlton y bombardeó Yemen sin consultar a nadie, vuelve a apostar todo a una carta: que la sed de petróleo y de estabilidad pesque más que la indignación por sus métodos. Por ahora, los reyes árabes le han dado la razón. La próxima partida la juega Irán, y el tablero es el estrecho que une el Golfo con el resto del mundo. Si cierra el paso, el precio lo pagaremos todos en la próxima factura de la luz. Y en la gasolinera. Y, quizá, en una zona que ya huele a pólvora y a crudo quemado.