Bombas, petróleo a 120 dólares y un mundo que ya no duerme
Teherán amaneció envuelta en humo negro por cuarta noche consecutiva. Mientras los misiles rasaban el cielo de la capital iraní, en Nueva York el barril de Brent superaba los 120 dólares por primera vez desde 2008. El conflicto cumple hoy 30 días y la única certeza es que nadie gana: ni Israel, que avanza en el sur del Líbano con las botas llenas de barro y de preguntas sin respuesta; ni Estados Unidos, cuyo presidente lanza señales cruzadas que los mercados descontaron en cuestión de minutos.
La frontera que ya no existe
En Naqoura, el último pueblo libanés antes de Israel, los tanques Merkava atraviesan campos de limoneros abandonados. Hizbulá responde con cohetes Kornet fabricados en 1989 y drones caseros que vuelan a 60 km/h. La guerra se ha vuelto asimétrica hasta en el armamento. El Ejército israelí perdió ayer tres soldados en una emboscada de 90 segundos: un túnel cavado con pala y azadón, explosivos de fertilizante y un iPhone usado como detonador. En el otro extremo, un dron israelí dejó sin luz a medio Líbano al destruir una subestación eléctrica que alimentaba Trípoli. La factura: 4 millones de dólares por hora de generador diésel.
La ONU contabiliza ya 214 muertos entre sus cascos azules desde septiembre. Ayer sumó tres más: un bangladesí y dos fijianos alcanzados por fragmentos de mortero cerca del pueblo de Khiam. Nadie ha reivindicado el ataque, pero el Consejo de Seguridad apunta a que los proyectiles salieron desde posiciones controladas por milicias cristianas aliadas a Israel. El secretario general, que ayer canceló su viaje a Ginebra, prepara un informe que clasificará el sur del Líbano como «zona de combate sin ley».

El petróleo que decide elecciones
En Bruselas, los ministros de Energía de la UE se reunieron de urgencia a las 3 de la madrugada. El motivo: Polonia y Hungría vetaban el tope al gas ligero de 50 euros/MWh mientras Grecia y España exigían un corredor humanitario para importar crudo iraní a través de Turquía. La reunión terminó sin acuerdo, pero con una revelación: Alemania ha activado su Plan de Gasificación Prioritaria, que racionará el combustible a hospitales y fábricas de automóviles si el estrcho de Ormuz se cierra del todo. La medida afecta a 14.000 empresas y 2,3 millones de trabajadores.
En Washington, la Reserva Federal calcula que cada 10 dólares de aumento en el barril resta 0,3 puntos al PIB estadounidense. La hipoteca media subió ayer al 7,89 %, su nivel más alto desde 2000. El dato encendió las alarmas en Florida, donde el 42 % de los propietarios tiene préstamos a tipo variable. En Cuba, el petrolero ruso Anatoli Kolodkin avanza a 10 nudos rumbo a Matanzas con 700.000 barriles que apenas aliviarán 45 días de apagones. La isla lleva 72 días con más horas sin luz que con luz. Cuando se va la corriente, se apaga el 48 % de las antenas de telecomunicaciones. El 3G desaparece y WhatsApp se convierte en un lujo.
La diplomacia del último minuto
Islamabad se ofrece como anfitrión para negociar lo que nadie quiere negociar. El canciller pakistaní Ishaq Dar aterrizó en Pekín con un dossier bajo el brazo: 14 páginas que incluyen un mapa de zonas de alto el fuego dibujado a mano por el general iraní Qaani y una propuesta de corredor humanitario para el crudo que China compra a Irán a 30 dólares por barril por debajo del mercado. Dar busca que Beijing presione a Washington aceptando una tregua parcial a cambio de levantar sanciones al puerto de Bandar Abbas. La respuesta de Wang Yi llegó en forma de eslogan: «No hay paz sin puertos, no hay puertos sin paz».
Mientras tanto, en Ginebra, Philippe Lazzarini abandonó la sede de la UNRWA con la mirada en el suelo. El comisionado general dimitió tras 30 meses de intentar explicar por qué 450.000 niños palestinos estudian en aulas prefabricadas mientras Israel exige que la agencia desaparezca. Su última cifra: 1.200 empleados de la UNRWA han muerto en Gaza desde octubre. «No hay fondos que resistan la muerte sistemática», dijo antes de subir al coche. En la puerta, un grupo de refugiados levantó una pancarta con una sola palabra: «¿Y ahora?».
La respuesta llegará mañana, cuando el Parlamento de Myanmar elija presidente y el mundo descubra si Min Aung Hlaing consigue legitimar su golpe. Pero hoy, mientras los misiles siguen trayectorias paralelas al Estrecho de Ormuz, la única certeza es que el precio del miedo se cotiza en tiempo real. Y sube.