Bruselas planea blindar fronteras y los aeropuertos ya piden una tregua: 'colapsaremos'

La Semana Santa empieza dentro de diez días y los pasillos de Barajas huelen a pánico. No es la liebre de la que huir, sino el nuevo cerco digital que Brusels estrena el 10 de abril: el Sistema Europeo de Entradas y Salidas (EES) obligará a escanear huellas dactilares y rostros a cada viajero no comunitario que pise suelo Schengen. Las líneas aéreas calculan que la operación sumará entre 90 segundos y dos minutos por pasajero. Multiplícalo por 300.000 diarios en un hub como Madrid y la cuenta da miedo.

La petición que avergüenza a la ue

Airports Council International Europe y Airlines for Europe han firmado una carta pública que suena a súplica: suspendan su propia norma cuando el flujo se dispare. La razón, escrita entre líneas, es demoledora: ni los Estados ni las terminales están listos. Desde el 10 de marzo, fecha del ensayo parcial, los tiempos de espera ya rozan las dos horas en horas punta. La culpa: escasez crónica de policías de fronteras, quioscos averiados y una app de preinscripción que solo han desplegado Suecia y Portugal, como si el resto de países mirara para otro lado.

La foto del caos se llama Olivier Jankovec, director de ACI Europa, y Ourania Georgoutsakou, jefa de A4E. Ambos advierten que si Bruselas se niega a flexibilizar, el verano de 2026 podrá servirse en la pista de despegue: colas kilométricas, vuelos perdidos y pérdidas millonarias. La petición es clara: permitir la suspensión temporal «total o parcial» del EES cuando la previsión de pasajeros supere la capacidad real de los mostradores. Es decir, reconocer que la infraestructura no da más de sí y que la seguridad no puede convertirse en castigo colectivo.

9.000 Millones de euros que no alcanzan

9.000 Millones de euros que no alcanzan

La UE ha gastado esa cifra en los últimos cinco años en «externalizar» sus fronteras: drones en el Egeo, concertinas en Ceuta, centros de internamiento en Libia. El resultado: muertes en el mar y, ahora, atascos en las terminales. El EES prometía agilidad y control, pero se ha topado con la misma burocracia que denuncian los migrantes. La diferencia es que el viajero medio lleva un smartphone de 1.200 euros y un pasaporte biométrico; aún así, tendrá que bajar del avión, desempacar la tableta, posar los dedos y rezar para que el sistema no se cuelgue. La ironía: la medida que debía blindar Schengen amenaza con hundirlo bajo el peso de su propia tecnología.

En Barajas, los sindicatos de Policía calculan que faltan 300 agentes para cubrir los nuevos puestos. La solución improvisada: refuerzos de otros cuerpos que desconocen el software. El resultado: errores de escaneo que obligan a repetir el proceso. El pasajero no entiende de protocolos; solo ve el reloj y su vuelo despidiéndose por la ventana. La culpa no es del turico neoyorquino que llega a ver el Prado; es de quienes vendieron una promesa sin contar las sillas del comedor.

La contrarreloj que nadie quiere asumir

La contrarreloj que nadie quiere asumir

Bruselas sigue empecinada en la fecha fatídica. Argumenta que el sistema ya funciona en fase de prueba desde octubre. Pero la realidad es tozuda: el 40 % de los quioscos automáticos instalados en París y Fráncfort llevan más tiempo apagados que en servicio. La app de pre-registro, presentada como la panacea, ha sido descargada por menos del 5 % de los viajeros. La excusa oficial: «falta de concienciación». La verdad: la interfaz solo está disponible en inglés y francés, y exige fotografiar el pasaporte en condiciones de luz que ni un estudio profesional garantizaría.

El daño colateral ya se cuenta en millones. IAG, matriz de Iberia, estima que cada minuto de retraso en una operación de escala le cuesta 80 euros. Multiplica por los 400 vuelos diarios que tocan Barajas y la cifra se dispara. La Asociación de Compañías Aéreas europeas advierte de que, si no hay marcha atrás, el verano podría dejar pérdidas por encima de los 5.000 millones. La respuesta de la Comisión: «Se trabaja en un plan de contingencia». Traducción: confíen, pero lleven paciencia y un buen libro.

La pregunta que nadie formula en los comunicados oficiales es sencilla: ¿quién responde si el domingo 13 de abril una familia mexicana pierde su conexión hacia Roma por culpa de una cola de tres horas? La respuesta, silenciosa, ya la conocemos: el pasajero. Siempre el pasajero. Mientras, los responsables de la UE seguirán firmando directrices desde Bruselas sin pasar por el control de pasaportes. Ellos vuelven en business; nosotros, en fila india.