Bucha llora a sus muertos cuatro años después: «fue una masacre y aún no hay justicia»

El 30 de marzo de 2026 la plaza principal de Bucha olía a gladiolos recién cortados y a humo de incienso. También a llanto contenido. Madres, viudas, hermanos se abrazaban entre las cruces de madera que marcan fosas improvisadas mientras el viento levantaba la tierra negra que aún conserva restos óseos sin identificar. La ciudad vive su cuarta conmemoración como un espejismo: banderas ucranianas, sí, pero también 1.401 cruces que nadie ha podido quitar porque la guerra sigue desangrando el este y los culpables siguen en Moscú.

El corredor mortal que salvó a svitlana y condenó a vladyslav

Svitlana Cherniakova, contadora de 47 años, recuerda el 9 de marzo de 2022 como quien recuerda un infarto: «El puente Vorzel estaba sembrado de bolsas de plástico que se movían; eran cuerpos. Los rusos nos dejaron pasar, sí, pero antes registraron cada coche y se llevaron a los hombres entre 18 y 55 años. Mi hijo Vladyslav se agachó en el asiento trasero. Lloraba sin sonido». Lograron salir hacia Borodianka. Diez meses después Vladyslav se alistó en la 110ª brigada mecanizada. Murió cerca de Avdiivka el 24 de diciembre de 2022, cuando la ciudad ya era un lunar de asfalto y acero. La misma fosa que recibió a su hijo acogió en septiembre de 2024 al padre de éste, Andrii, reclutado a los 44 años. Dos generaciones, una tumba.

La lista del infierno la custodia la oficina del fiscal regional: 1.403 civiles asesinados, 37 niños, 175 cuerpos en fosas comunes, 9.000 expedientes de crímenes de guerra. Pero la cifra que nadie anota es la de los supervivientes que ya no pueden oler el pan tostado sin recordar pólvora. Vira Katanenko, bibliotecaria jubilada, regresó el 14 de abril de 2022 y encontró su calle convertida en un museo de horrores: «Había un perro negro sobre el pecho de mi vecina. No la abandonó ni cuando el cuerpo empezó a hincharse. Ese perro vive hoy conmigo. Lo llamo Testigo porque ladra cuando pasa algún soldado ruso en la tele».

Moscú niega, kiev entierra, la haya aplaza

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El Kremlin sigue calificando la masacre de «montaje ucraniano». La fiscalía general rusa ni siquiera ha abierto un expediente interno. Mientras, en un hangar de Kiev los forenses guardan 487 cajas con restos parcialmente identificados esperando turno para el tribunal que nunca llega. El pasado diciembre la CPI emitió nuevas órdenes de detención contra comandantes del 64º regimiento de infantería motorizada, el mismo que desfiló por Bucha en marzo de 2022. Ninguno ha pisado La Haya. «Nos han prometido juicios, reparaciones, memoria. Hasta ahora solo hemos recibido lápidas baratas y un grupo de Facebook donde subir fotos de los muertos», se queja Oleksii, hermano de una adolescente violada y ejecutada en el sótano de una casa de la calle Yablonska.

El 30 de marzo de 2026 terminó con una vigilia silenciosa. No hubo discursos políticos: el alcalde Anatolii Fedoruk se limitó a leer los nombres de los 42 desaparecidos este año, la mayoría en Avdiivka y Chasiv Yar. Cuando apagaron las velas, los presentes encendieron los móviles y grabaron un vídeo que subieron a TikTok con la etiqueta #BuchaNoOlvida. En dos horas acumuló tres millones de visitas. La mitad procedían de cuentas rusas que dejaron el mismo comentario: «Fake». La guerra de la desinformación, como la bala que mató a Vladyslav, también viaja desde el este.

Bucha ya no es una ciudad. Es un verbo que significa «enterar a tus hijos dos veces». La primera cuando cae el proyectil. La segunda cuando llega el ADN. Mientras eso siga ocurriendo, los gladiolos volverán a venderse cada 30 de marzo y el humo de incienso seguirá tapando el olor a pólvora que, dicen los vecinos, aún rezuma la tierra cuando llueve.