Chile asfixiado: la leña y la inacción amenazan el aire que respiramos
Coronel Norte, 2 de abril de 2026. La calidad del aire, oficialmente 'buena' según los indicadores, esconde una realidad más turbia: una lucha desigual contra la contaminación que se libra en diferentes frentes del país. Mientras las cifras oficiales muestran una leve mejoría en algunos contaminantes, la persistencia de problemas estructurales, agravados por la geografía y la cultura, dejan en evidencia la lentitud de las soluciones.

Avances frágiles, desigualdades profundas
Un reciente análisis, fruto de la colaboración entre la Universidad de Chile, el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), el Ministerio del Medio Ambiente y la Universidad del Desarrollo (UDD), revela que, aunque se ha avanzado en la reducción de contaminantes como el PM2.5 en los últimos veinte años, las brechas ambientales siguen siendo una preocupación latente. La promesa de un aire más limpio se desvanece al observar las disparidades regionales, especialmente en el sur y en las zonas industriales.
Lo que nadie cuenta en los informes oficiales es el peso de la tradición. En el sur chileno, el uso intensivo de leña húmeda, arraigado en las costumbres de muchas comunidades, se erige como la principal fuente de contaminación atmosférica. Kevin Basoa, investigador del CR2, lo explica con crudeza: la regulación, aunque existente, no se implementa de manera efectiva, y la resistencia cultural a abandonar un combustible ancestral se impone a las medidas gubernamentales. La geografía, con su estabilidad atmosférica asociada al Pacífico, agrava aún más el problema, impidiendo la dispersión natural de los contaminantes.
Pero la crisis no se limita al sur. Las llamadas “zonas de sacrificio” en el norte y centro del país – Coronel, Talcahuano – sufren episodios agudos de contaminación a pesar de la disminución general de los niveles de SO₂. La cifra habla por sí sola: en Coronel Norte, los niveles de PM2.5 (17 µg/m³) y MP10 (38 µg/m³) se mantienen en niveles que exigen atención constante, a pesar de que las autoridades declaren la situación como 'buena'.
Las restricciones actuales, aunque presentes, son un parche. La prohibición de calefactores a leña en Santiago y comunas aledañas, la restricción vehicular según el sello ambiental y las regulaciones sobre la quema agrícola son medidas paliativas que no abordan la raíz del problema: la falta de alternativas viables y accesibles para las comunidades más vulnerables.
El ICAP, ese índice que define la calidad del aire, es una herramienta útil, pero no suficiente. Recordemos que un valor entre 0 y 99 se considera 'bueno', mientras que valores superiores a 500 indican una emergencia. La frágil línea que separa la 'buena' de la 'regular' calidad del aire en lugares como Coronel exige una revisión urgente de las políticas ambientales y una mayor inversión en soluciones a largo plazo.
En definitiva, la lucha por un aire limpio en Chile es una carrera contra el tiempo, donde la inacción y la complacencia podrían tener consecuencias devastadoras para la salud pública y el medio ambiente.