Chile: la calidad del aire mejora, pero la desigualdad persiste

El aire que respiramos en Chile ha mejorado en las últimas dos décadas, pero la victoria es incompleta. Un nuevo informe revela que, mientras algunas regiones disfrutan de cielos más limpios, otras siguen ahogadas en una contaminación persistente, exacerbada por factores geográficos y arraigados hábitos sociales. La promesa de un aire respirable para todos chilenos se desvanece en la sombra de la desigualdad ambiental.

Un avance relativo, con cicatrices profundas

El análisis, fruto de la colaboración entre la Universidad de Chile, el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), el Ministerio del Medio Ambiente y la Universidad del Desarrollo (UDD), arroja luz sobre una realidad compleja. Los niveles de material particulado fino (PM2.5) han descendido, un logro significativo. Sin embargo, la brecha entre el norte y el sur, y entre zonas industriales y áreas rurales, sigue siendo alarmante. El uso indiscriminado de leña húmeda en la Patagonia, una práctica culturalmente arraigada, se erige como el principal culpable de la degradación atmosférica en la zona. Kevin Basoa, del CR2, lo explica con contundencia: “La regulación es lenta, y la leña, lamentablemente, forma parte de la identidad de muchas comunidades. Romper con esa tradición resulta un desafío.”

Pero no solo la leña es la causa del problema. La geografía chilena juega un papel crucial. La estabilidad atmosférica, característica del Pacífico, dificulta la dispersión de los contaminantes, atrapándolos en las cuencas geográficas y empeorando la calidad del aire.

En el norte y centro del país, las llamadas “zonas de sacrificio” continúan sufriendo las consecuencias de la actividad industrial. Aunque los niveles generales de dióxido de azufre (SO₂) han disminuido, episodios agudos de contaminación se registran con frecuencia, especialmente en localidades como Coronel y Talcahuano. La promesa de un desarrollo económico que no comprometa la salud de la población parece, en estos lugares, una quimera.

Antofagasta respira, pero con restricciones

Antofagasta respira, pero con restricciones

El estado actual de la calidad del aire en Antofagasta, al 2 de abril de 2026, se reporta como “Bueno”, con un MP2.5 de 19 μg/m³ y un ICAP de 38. El MP10 se sitúa en 83 μg/m³, con un ICAP de 64. A pesar de este pronóstico favorable, las restricciones persisten: prohibición de calefactores a leña (excepto pellets) en Santiago y comunas aledañas, control de humos visibles, restricciones vehiculares para vehículos sin sello verde y motocicletas antiguas, y prohibición de quemas agrícolas en la región metropolitana. La vigilancia constante es la norma.

El ICAP, ese indicador clave, mide la contaminación atmosférica según el D.S. Nº 59/1998. Un rango entre 0 y 99 indica “buena” calidad del aire, mientras que valores superiores a 500 señalan una emergencia.

Las recomendaciones son claras: mascarillas para los más vulnerables, transporte público, revisiones vehiculares al día y, sobre todo, un cambio de mentalidad. El uso de leña seca, la revisión y mantenimiento de los calefactores, y la preferencia por combustibles alternativos son medidas esenciales para proteger la salud pública. La responsabilidad no recae solo en las autoridades; cada ciudadano debe asumir su rol en la lucha contra la contaminación.

La persistencia de estas desigualdades ambientales exige una acción urgente y coordinada. No basta con celebrar los avances; es imperativo abordar las causas profundas de la contaminación y garantizar que todos los chilenos tengan derecho a respirar aire limpio. La salud pública no puede ser un lujo reservado para unos pocos. La cifra de 83 μg/m³ de MP10 en Antofagasta, aunque dentro de lo aceptable, es un recordatorio constante de que la batalla por un aire más limpio aún no ha terminado.