China rompe su silencio tras la masacre de cascos azules en el líbano

Tres cascos azules indonesios muertos en 24 horas. Beijing pasa de la cautela a la condena más dura y habla abiertamente de «ataque deliberado» contra la propia ONU en el sur del Líbano.

La portavoz del régimen, Mao Ning, ha cargado este martes contra la comunidad internacional por permitir que la región se desangre mientras los cascos azules se convierten en blancos de artillería. «Absolutamente inaceptable», ha sentenciado, calificando la explosión del lunes en Bani Hayyan de «grave violación del derecho internacional humanitario y de la Resolución 1701».

La zona que israel quiere vaciar

El atentado se produce justo cuando el Ejército israelí intensifica sus incursiones al sur del río Litani para abrir una franja de amortiguamiento que desaloje a Hizbulá de la frontera. La FINUL, cuyo mandato se limita a observar, se ha convertido en daño colateral de una guerra que ni comenzó ni puede terminar.

El domingo cayó el primer indonesio cerca de Aadchit al Qusayr. El lunes, dos más murieron al estallar su vehículo en Bani Hayyan. La misión no atribuye autores, pero el mensaje es claro: los cascos azules ya no son neutrales; son obstáculos.

Beijing, que mantiene 410 soldados en la FINUL, ha pasado de la diplomacia de salón a la amenaza velada. «China está dispuesta a seguir desempeñando un papel constructivo», ha dicho Mao, aunque en la práctica ese «papel» se traduce en vetos en el Consejo de Seguridad cada vez que Washington intenta condenar a Tel Aviv.

Israel dibuja un mapa sin líbano

Israel dibuja un mapa sin líbano

Mientras tanto, el ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, ya ha deslizado que la frontera podría «ajustarse» para anexionar tierras libanesas. La declaración pasó desapercibida en medio del caos, pero en El Ágora la hemos visto antes: primero la ocupación, luego la anexión, después la justificación histórica.

La FINUL lleva 16 años en el Líbano. Su presencia costó más de 300 muertos. Ahora, con los combates entre Hizbulá e Israel en su punto álgido desde 2006, la misión se ha quedado sin espacio para observar y sin autoridad para disparar.

El mensaje es brutal: la paz ya no se vigila; se entierra. Y los cascos azules, lejos de proteger, están protegidos por nadie.