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El néctar que beben colibríes y abejas lleva alcohol. siempre lo llevó.

Hay una escena que ocurre millones de veces cada día en cualquier jardín del planeta: un colibrí introduce su pico en una flor y bebe. Lo que nadie sospechaba, hasta ahora, es que con cada sorbo ingiere una dosis pequeña pero constante de etanol. Alcohol puro, producido de forma natural por la fermentación de azúcares en el néctar. Un estudio publicado en Royal Society Open Science por investigadores de la Universidad de California, Berkeley lo confirma con datos que resultan difíciles de ignorar: en 26 de las 29 especies vegetales analizadas se detectó etanol en el néctar.

El alcohol que nadie puso ahí

La fermentación no es un accidente. Las levaduras presentes en las flores actúan sobre los azúcares del néctar y producen etanol de manera espontánea, un proceso que lleva ocurriendo desde mucho antes de que existiera ningún ser humano destilando nada. Las concentraciones detectadas son bajas, con un máximo del 0,056% en peso, pero la clave no está en el porcentaje sino en la frecuencia y en el tamaño del animal que bebe.

Un colibrí de Anna, por ejemplo, consume entre el 50% y el 150% de su propio peso en néctar cada jornada. Traducido a términos concretos: unos 0,2 gramos de etanol por kilo de peso corporal al día. Los investigadores de Berkeley hacen la comparación con el metabolismo humano y la cifra que sale es incómoda en su familiaridad: equivale, proporcionalmente, a que una persona tome una copa de vino estándar cada día. Todos los días. Desde que nace.

No todos beben igual

No todos beben igual

Las diferencias entre especies revelan algo más que una curiosidad zoológica. Las abejas melíferas se sitúan en el extremo más moderado del espectro, con apenas 0,05 g/kg/día. Las nectarinas africanas, parientes lejanas del colibrí en términos ecológicos aunque no taxonómicos, se mueven entre 0,19 y 0,27 g/kg/día. Y luego está la musaraña arborícola de cola de pluma, que alcanza los 1,4 g/kg/día, una cifra que en un mamífero humano produciría efectos que no serían precisamente sutiles.

Pero hay un detalle que complica aún más el cuadro: los comederos artificiales que los humanos instalan en jardines y terrazas para atraer colibríes. El azúcar diluida en agua que se deposita en esos dispensadores fermenta con facilidad, y el colibrí que los frecuenta puede llegar a consumir hasta 0,30 g/kg/día, por encima de lo que obtendría de las flores silvestres. La buena intención ornitológica tiene, al parecer, un efecto secundario no previsto.

Metabolizan, no se emborrachan

Metabolizan, no se emborrachan

Aleksey Maro, doctorando en Berkeley que participó en el estudio, lo explica con una lógica fisiológica directa: los colibríes procesan el néctar tan rápido que el etanol no llega a acumularse en el torrente sanguíneo. No hay mareo, no hay desorientación. El umbral a partir del cual los propios animales rechazan el alimento se sitúa en concentraciones superiores al 1%. Por debajo de ese nivel, beben sin aparente alteración del comportamiento.

La prueba más sólida de que el metabolismo está implicado activamente llegó de un hallazgo inesperado: los investigadores detectaron etilglucurónido, un subproducto metabólico del etanol, en las plumas de varias especies. No es solo que ingieran alcohol. Es que lo procesan, lo transforman y lo excretan a través del plumaje. El cuerpo de un colibrí lleva escrito, literalmente en sus plumas, el rastro de todo el néctar fermentado que ha consumido.

Una hipótesis que incomoda a la biología convencional

Robert Dudley, profesor de biología integrativa en Berkeley, va más lejos que sus propios datos. Plantea que el etanol podría cumplir funciones fisiológicas que aún no comprendemos del todo, comparables a las de la nicotina o la cafeína, dos sustancias que también aparecen en el néctar de ciertas plantas y que claramente no están ahí por accidente. La coevolución entre flores y polinizadores lleva decenas de millones de años ajustando cada variable química del néctar. Que el etanol persista en esa ecuación sugiere que, como mínimo, no perjudica. Y quizás hace algo más.

Lo que el estudio deja sobre la mesa es una revisión de algo que dábamos por sentado: la idea de que el alcohol es una sustancia ajena a la naturaleza, un producto exclusivamente humano con consecuencias exclusivamente humanas. La realidad es que los polinizadores llevan expuestos a él de forma crónica desde el principio de su existencia, y su biología ha tenido tiempo de sobra para responder. Tiempo que nosotros, como especie, no hemos tenido.