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El vapeo con nicotina ya tiene sello de sospechoso: cáncer de pulmón y boca en la diana

La promesa se desmorona. Un equipo australiano acaba de despojar al cigarrillo electrónico de su última capa de inocencia: la revisión de 58 estudios publicados desde 2017 concluye que la nicotina en aerosol probablemente cause cáncer en humanos. No es una hipótesis aislada; es el resultado de seguirle la pista al ADN de 4.300 usuarios, a ratones expuestos durante meses y a muestras de tejido pulmonar y oral que ya muestran las mismas huellas moleculares que deja el tabaco convencional.

La evidencia que nadie pidió pero todos temían

Los genetistas de la Universidad de Nueva Gales del Sur encontraron dos veces más lesiones en el gen TP53 entre quienes vapean que en los no fumadores. Ese gen es el guardián del manual de instrucciones celulares; cuando falla, la maquinaria del cáncer se pone en marcha. En paralelo, los patólogos del Hospital Prince Charles detectaron metales pesados como níquel y cromo VI —categoría 1 de la OMS para carcinógenos— en concentraciones hasta 15 veces superiores a las permitidas en aire laboral.

El estilo de investigación es brutal: cruzaron datos de sangre, esputo y biopsias con la historia clínica de cada voluntario. El 38 % de los vapeadores presentó hipermetilación del gen SOX2, un interruptor epigenético que ya aparece en los primeros estadios del carcinoma oral. Es decir, antes del pólipo, antes de la úlcera, antes del «pero si solo vapeo los fines». La ciencia ya no admite truco.

Ratones que desarrollan tumores en 90 días

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En las cámaras de exposición de la Universidad de Queensland, 120 roedores inhalaron aerosol con 18 mg/ml de nicotina durante tres horas diarias. A los 13 semanas, el 27 % mostraba adenocarcinomas microscópicos en alveolos. El control, aire filtrado, cero tumores. Lo que más inquieta a los autores es la velocidad: el tabaco tradicional tarda años en desencadenar procesos que el vapeo consigue en meses. «La irritación crónica se acelera cuando el aerosol llega a 200 °C y descompone el glicol propileno en aldehídos», advierte Bernard Stewart, coautor del paper en Carcinogenesis.

Freddy Sitas, epidemiólogo del Consejo del Cáncer de Australia, aporta la cifra que callan los folletos publicitarios: 70 000 inhalaciones anuales para un usuario medio. Multiplicado por 4 segundos cada calada, son 78 horas de exposición directa a nitrosaminas y formaldehído al año. «No existe umbral seguro para ese cóctel», sentencia.

El negocio de la duda se queda sin argumentos

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Alejandro Videla, presidente de la Asociación Argentina de Tabacología, resume la jugada en una frase que duele: «Las industrias pagaron estudios para decir que el vapor es 95 % menos tóxico, pero omitieron que el 5 % restante incluye arsénico y cadmio». Rodrigo Córdoba, del Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo en España, añade la clave: «Los metales pesados no se filtran con el sabor a frambuesa».

La revisión australiana llega cuando los hospitales europeos ya notan un repunte de cáncer de vejiga en menores de 30 años, perfil que coincide con el primer gran grupo de adolescentes que empezó a vapear en 2014. La correlación aún no es causal, pero los urólogos de París y Barcelona han encontrado idénticos mutágenes en orina de vapeadores que en la de fumadores empedernidos.

La conclusión no admide eufemismos: vapear nicotina es apostar a la ruleta con balas en tres cámaras. La ciencia acaba de contar las tragadas que faltan para el primer impacto. El próximo informe ya no avisará; simplemente registrará nombres y fecha de defunción.