Silvia fernández barrio rompe el silencio: la frase que la destruyó y el escándalo que casi la borra del mapa
“No te puedo tocar”. La frase le salió de labios de un amante y se le clavó en la piel como una estaca. Silvia Fernández barrio, la voz que despertaba a millones en los 80, recuerda ese momento como el más íntimo de sus fracasos: la psoriasis que la cubría de cabeza a pies le robó el deseo ajeno y, de paso, la seguridad de sentirse deseada.
La entrevista en Desencriptados no es un simple pase de factura televisivo. Es la carta de navegación de una mujer que pasó de ser la cara de ATC y Nuevediario a esconderse en Salta, acusada de narcotráfico, perseguida por un tocamiento en la embajada de Israel que nunca fue en vivo y que, sin embargo, la condenó al ostracismo. A los 73 años, con la piel por primera vez limpia de manchas, decide contarlo todo.
La guerra contra su propia piel
Empezó en la canilla, en Mar del Plata, verano del 71. Unas escamas que parecían alergia al níquel. Después fue el torso, las piernas, la espalda. Salvo cara, manos y pies, todo el cuerpo se volvió un mapa rojo. En los 80, cuando conducía 60 Minutos y los jefes le gritaban “boluda” cada mañana, se maquillaba con base two tones más oscura para no parecer “enferma de verdad”. En los 90, cuando Mirtha Legrand exigió que la pusieran al aire, ya llevaba kilos de crema esteroide en la cartera.
La psoriasis no duele solo por la piel. Duele cuando el otro se retira. “Con alguien con quien fui a acostarme, que habíamos empezado a salir hacía poco, me dijo: ‘No te puedo tocar’”. Silvia lo entendió. “La psoriasis, cuando es brava, da mucha impresión”. Pero entender no es perdonar. Lleva décadas presidiendo AEPSO y aún hoy, cuando la biológica le dejó los codos limpios, sigue lidiando con el 18 % de pacientes graves que contemplan el suicidio.

El día que la embajada estalló y su carrera también
22 de marzo de 1992. Bomba en la embajada de Israel. Silvia llega a Suipacha y 3 de Febrero. Está afuera, con su cámara, cuando un desconocido le pasa la mano por el traste. Se vuelve, le mete un bife, le grita “hijo de puta” y sigue trabajando. No era en vivo, pero el canal la repite como si lo fuera. Al día siguiente la culpa es de ella: “¿Cómo una periodista permite que la toquen y encima insulte?”.
Renuncia en mano, se va a Israel a cubrer el traslado de los heridos. Vuelve y se encuentra con que su propio canal la dejó colgando. “La culpable era yo. Porque no fui profesional y estaba en directo”. Nunca supo quién fue el tipo. Nunca le importó. El daño estaba hecho: de ser la conductora que llenaba de gente la puerta de ATC, pasa a ser la “minita que se quejó por un manoseo”.

Salta, la acusación de narco y la visa que nunca le perdonan
Se refugia en Salta. Le ofrecen la gerencia de noticias del canal 11 y ella propone: “Pongan a otro de cara con la gobernación, que yo detesto”. Empiezan los murales: “Narcotraficante” pintado de noche. “Yo había probado droga en los 70 en España, pero no era esa droga”, dice entre risas amargas. La operación la salpica igual: va a la Regional de Drogas Peligrosas, pasa la noche charlando con las detenidas, sale a las siete de la mañana sin cargos. Pero el registro queda. Hoy, cada vez que pide visa para visitar a sus nietos en Estados Unidos, la meten en la salita del consulado. “Usted estuvo detenida”. “Para mí no”. “Mintió, no entra nunca más”. Lleva 20 años pagando el mismo trámite.
Fama, sexo y una madre que cumple 100
“Mi mamita acaba de cumplir 100 años y me pregunta si todavía tengo sexo. Le digo que sí, que Cachito y yo seguimos activos. Mi viejo murió a los 91 y hasta el final pedía”. Silvia se ríe. Dice que tuvo cuatro parejas, que nunca salió con alguien del medio y que, a esta edad, el deseo se vuelve más preciso: “Hay un sexo en cada edad y en esta es muy especial”.
Decidió no volver a la tele. Se queda solo con la asociación de pacientes y con la piel que, por primera vez en 50 años, la deja mostrar los codos. El daño, eso sí, no se cura con inyecciones. Queda adentro, como una mala palabra que alguien te susurra al oído y que repiten todos los días durante décadas. Silvia lo sabe y por eso habla. Porque la única manera de borrar la culpa que no es tuya es gritarla hasta que alguien escuche.