Colombatto se aferra al oviedo mientras el descenso le roza la bota
Santi Colombatto no quiere oír hablar de mudanzas. Con el Oviedo hundido en el farolillo rojo —a ocho puntos de la salvación y con nueve jornadas por delante—, el centrocampista argentino ha decidido que, gane o pierda la categoría, su futuro pasa por el Carlos Tartiere. La frase es clara, sin fisuras: «Quiero quedarme acá, pase lo que pase». Lo dice mientras se ajusta el pantalón de entreno, justo antes de saltar al césped de El Requexón, donde el equipo ha iniciado la semana con cara de pocos amigos.
Un vínculo que no entiende de trámites
La situación, eso sí, no depende solo de su voluntad. El Grupo Pachuca, dueño de su ficha, puede trasladarlo a México o vendérselo a otro club cuando termine la cesión. «No depende de mí —admite sin adorno—. Habrá que esperar». Pero hay un dato que desmonta cualquier teoría de mercado: su familia ha encontrado en Oviedo el lugar donde las tardes saben a sidra y los fines de semana se discuten en la Plaza del Fontán, no en una mesa de directivos. Ese confort personal pesa más que cualquier cláusula.
Lo que no se lleva nadie es la ansiedad colectiva. El vestuario azul respira con máscara de oxígeno: cinco derrotas en los últimos siete partidos han convertido cada entrenamiento en una sesión de psicoanálisis. «La situación es muy compleja —reconoce Colombatto—. Solo queda aferrarse a las pocas oportunidades que quedan». La frave suena a mantra, pero también a actitud: el argentino ha perdido la titularidad tras ser pieza clave en la primera vuelta y ahora compite con Fonseca y Sibo, ambos ausentes esta semana por compromisos internacionales con Ghana y Uruguay. La puerta se abre de nuevo el domingo (18:30) ante un Sevilla que llega al Carlos Tartiere con la Champions en la cabeza y la resaca europea en las piernas.

Entre la esperanza y la estadística
Colombatto no se arruga. Asegura que «entreno siempre para jugar», pero admite que debe «subir el rendimiento individual» en el tramo final. El dato es elocuente: en sus 22 partidos como titular el Oviedo promedió 1,14 puntos; sin él, 0,71. La diferencia parece pequeña, pero en la Liga de los milímetros es un abismo. El club, mientras tanto, intenta caldear la atmósfera: planea abrir una sesión de entrenamiento al público durante la Semana Santa para que la afición roce la espalda de los jugadores y les recuerde que el azul también puede ser color de resurrección.
El domingo, cuando el balón ruede, Colombatto habrá vuelto a escuchar los cánticos que mezclan su apellido con el deseo de permanencia. Si la pelota entra, la fiesta durará hasta el lunes. Si no, la condena será matemática. Pero él ya ha tomado su decisión: su guerra particular no termina el 23 de junio, día del último partido. Su batalla es larga, de años, y el Real Oviedo —con descenso o sin él— es el campo de juego que eligió para seguir siendo feliz.