Colombia duplica el dinero del pae y llevará la comida a las casas de 722.000 niños

El Estado pasará de $1,56 billones en 2022 a casi $3 billones en 2026 para que los niños no dejen de comer cuando las aulas estén vacías. La cuarta parte de ese dinero se irá directo a canastas que llegarán a los ranchos de 128 municipios que ni el Google Maps termina de ubicar.

Sebastián Rivera, el hombre que maneja la Uapa, lo resume así: “Este año será el de la cobertura histórica”. Ya hay 5,1 millones de estudiantes dentro del programa; faltan 1,1 millones para cerrar el cupo y el ministerio apuesta a que el 99 % esté cubierto antes de que termine el mandato de Petro. La jugada no es solo social: cada niño alimentado es un voto a futuro que no hay que dejar escapar.

De la pandemia a la montaña: la modalidad que se queda

La canasta escolar nació en la covid-19 para que los profesores no perdieran el contacto con la comunidad. Ahora se convierte en política de Estado. Entre 2022 y 2025 se entregaron 2,5 millones de bultos; para 2026 sumarán 722.000 adicionales y la excusa ya no es el virus, sino la miseria geográfica. A los niños de Guainía o el sur de Bolívar les cuesta más llegar a la escuela que recibir la comida en casa.

El truco está en el presupuesto. El Gobierno nacional pone el grueso, pero gobernaciones y alcaldías aportan regalías y recursos propios. Así el pastel crece de $4,33 billones en 2022 a $7,24 billones en 2026. La contraparte municipal ya no puede hacerse la loca: si no pone la cuota, pierde el cupo de la Uapa y la comunidad se lo hace saber en las urnas.

Soacha, malambo y los distritos que nunca entraron

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Hasta ahora 21 Entidades Territoriales Certificadas (ETC) daban casi el 95 % de cobertura. La meta es llegar a 54, incluyendo parches urbanos que parecen ciudades pero viven como pueblos: Soacha, Malambo, Valledupar. Allí el hambre se disfraza de desplazamiento y malas calificaciones. La Uapa les exige a los alcaldes firmar el Pacto por el PAE, un documento que huele a cláusula de prestación social y que, en la práctica, funciona como contrato de permanencia política.

Rivera lo deja claro: “El aumento de recursos debe traducirse en más atención real”. Traducción: si el alcalde usa el dinero para ponerle asfalto al barrio de la suegra, la Uapa le baja la cobertura y el ministerio le abre investigación disciplinaria. El control es tan ferreo que hasta los contratos de arroz y lentejas pasan por auditoría de la Procuraduría.

El receso ya no será sin desayuno

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La gran novedad del segundo trimestre de 2026 es que las canastas llegarán en vacaciones. El argumento: el hambre no tiene calendario escolar. La inversión de $83.700 millones garantizará que los niños coman en Semana Santa y en julio, cuando las aulas están cerradas y los padres pierden ingresos por ser temporada baja en construcción y servicios.

El dato que nadie dice: cada canasta cuesta aproximadamente $116.000 y contiene 12 kilos de arroz, 4 de lentejas, 3 de fríjol, 2 de aceite, 1 de azúcar, 1 de sal y 1 de chocolate de mesa. Es decir, lo que una familia pobre gasta en alimentos básicos en un mes. El Estado lo regala y, de paso, blinda la asistencia escolar: un niño con barriga llena no falta a clase.

El reto que no aparece en los papeles

La logística es un infierno. Para llegar a 128 municipios de difícil acceso la Uapa contrata lanchas, mulas y hasta drones en el Pacífico. El costo del flete se come el 18 % del valor de la canasta, pero el ministerio prefiere eso a ver cómo baja la cobertura. La otra pesadilla es la inflación: el kilo de arroz subió 25 % en 2024 y el presupuesto no se actualiza automáticamente. La solución: renegociar contratos cada trimestre y amenazar con multas a los proveedores que se retrasan.

El cierre es brutal: 6,2 millones de niños comerán gracias a que el Estado decidió que la educación también se mide en plato. El resto del cuento lo escribirán los alcaldes: si roban, la Uapa les quita la llave del depósito; si cumplen, la recompensa es un país donde el hambre deja de ser excusa para no aprender.