Congo se juega 50 años de historia en 90 minutos contra jamaica

Guadalajara huele a césped quemado y a esperanza. A las 20:00 del martes, la República Democrática del congo puede borrar medio siglo de ostracismo: un solo partido la separa de su segundo Mundial en la vida. La última vez que pisó la cita máxima llevaba el nombre de Zaire y el mundo aún no había visto un teléfono móvil.

Desabre: «este partido lo jugamos por 100 millones de congoleños»

El francés Sébastien Desabre lleva tres años midiendo la distancia entre la selva del congo y la cancha del Estadio Akron. Ha dormido en hoteles sin agua caliente, ha parado entrenamientos por apagones eléctricos y ha aprendido a decir «nzembo» («fútbol» en lingala) con acento de Kinshasa. «Han sido mil días de eliminatorias eternas», reconoció ante los periodistas, la voz ronca por el calor seco de Jalisco. «Este último peldaño es el más resbaladizo.»

Detrás de él, la alarma de evacuación se disparó por error. Dos minutos de sirena que interrumpieron la rueda de prensa y que, en la metáfora perfecta, obligaron a todo el mundo a salir corriendo sin que pasara nada. congo lleva medio siglo escuchando sirenas sin crisis, promesas sin Mundial. El martes, la alarma podría ser real.

De bakambu a la generación que no conoce alemania 74

De bakambu a la generación que no conoce alemania 74

Cédric Bakambu, delantero del Betis, nació 17 años después de aquel Zaire 1974 que acabó goleado y humillado. «Mi padre me contaba que los jugadores llegaron a Múnich sin botas de repuesto», dijo entre risas nerviosas. «Nosotros llegamos a Guadalajara con 25 pares por hombre y analistas de datos.» El contraste mide el abismo: de la improvisación a la ciencia, del 0-9 a la ilusión de un gol que valga un país.

En el grupo K ya esperan Portugal, Colombia y Uzbekistán. Nadie da un euro por congo, y eso enciende a Desabre: «Nos gusta ser la cenicienta. Las zapatillas nos quedan grandes, pero vamos a correr igual». La FIFA, por cierto, no se ha molestado en enviar delegación a Guadalajara: los congoleños se calientan en un campo de la academia AGA que comparten con jóvenes de ascendentes mexicanos que pagan 200 pesos la hora. El mundo mirando a otro lado, otra vez.

El último entrenamiento bajo llovizna y memoria

Lunes tarde, lluvia fina sobre el césped del Verde Valle. Los jugadores tocan el balón con la suavidad de quien sabe que el roce puede ser el último. El portero Lionel Mpasi se tira a los pies de un adolescente que recoge conos: «Mañana hará 35 grados y el sol nos va a quemar las ideas. Hay que gastar la ansiedad hoy». Risas, pero ojos de tensión. En la banda, un utilero cuela una bandera de Kinshasa entre los bolsos de los periodistas: «Llévenla al estadio, por si acaso».

La historia pesa. En 1974, los jugadores de Zaire regresaron a casa y el dictador Mobutu les retuvo el pasaporte. Hoy, WhatsApp inunda la capital con memes de Bakambu levantando la copa. La misma ilusión, otro siglo. La misma frase, otro idioma: «congo puede», reza el graffiti en la avenida Lumumba.

El árbitro pitará a las 20:00 horas locales, 03:00 del miércoles en Kinshasa. Allí, las pantallas gigantes del estadio Tata Raphaël se alquilan a 500 francos congoleños por cabeza. El que no tenga, escuchará la radio bajo el mango. En 90 minutos, 100 millones de personas sabrán si la esperanza tiene nombre y si ese nombre sigue siendo Zaire o ya es RDC. El fútbol, al fin, es memoria que se decide en el presente. Y el presente, esta vez, huele a césped mexicano y a historia pendiente.