cultura

Josh pettinger convierte la derrota masculina en cómic de culto

Una pistola de agua recorre la orgía de ricos enmascarados. El que aprieta el gatillo es Tedward, el anti-héroe que Josh Pettinger ha convertido en espejo de la masculinidad fallida. La escena ocurre a las pocas páginas de Tedward, la novela gráfica que Ediciones La Cúpula acaba de traer a España, y funciona como manifiesto: aquí el sexo se paga por horas, el amor duele y el éxito es una broma privada.

El trabajador sexual que cobra en monedas

Pettinger creció en un piso de Wisconsin donde la tele devoraba monedas: una libra por sesenta minutos de imagen. Cuando el contador se quedaba en cero, la pantalla se apagaba y alguien venía a llevarse los muebles. De esa infancia surgió Tedward, un seductor con peinado intergaláctico que cobra por limpiar fluidos en fiestas de multimillonarios. «Quería que cada trabajo absurdo del protagonista devolviera la sensación de estar a merced de gente que maneja más dinero que tú», cuenta el autor a El Ágora.

Así nació el «higienista coital», un empleo que solo existe en las páginas del cómic y que resume la economía del desprecio: Tedward entra armado con un super-soaker para rociar los cuerpos que se tocan entre sí, una imagen que Pettinger dibuja con la misma naturalidad con la que otros describen una oficina. La distopía es la normalidad de quien no encaja.

La red de la vergüenza

La red de la vergüenza

El mundo de Tedward carece de móviles. La gente usa teléfonos fijos, camina y coge el autobús. Pettinger eliminó la tecnología para que sus personajes no pudieran resolver conflictos con un clic. «Si Tedward pudiera enviar un mensaje, la historia se acabaría en dos viñetas», dice. La trampa está en el lenguaje: frases enrevesadas como «esos ingredientes me producen pesadillas en plena vigilia» o el «nivel maestro sushi» que sustituye al «muy bien».

Esa dislocación temporal convierte al protagonista en un hombre congelado en los años cincuenta y descongelado en plena precariedad. Amor, familia, casa propia: todo se le escapa. «Es demasiado raro para lograr lo que la sociedad considera normal», reconoce Pettinger. La rareza es el material cómico. Y la risa, una forma de autopsia.

Del underground al culto

Del underground al culto

La crítica estadounidense tardó en abrazar a Pettinger. «Allí un cómic solo es arte si habla de guerra o traumas», se queja. Su respuesta fue ignorar instituciones y vender directo en ferias y redes. El público respondió: lleva años viviendo exclusivamente de Tedward, una saga que publica en Instagram, imprime en risografía y distribuye como quien reparte octavillas.

El modelo funciona. Cada nueva entrega se agota en días y aparece en eBay a precios de coleccionista. El éxito no ha cambiado al autor: sigue dibujando en cafeterías baratas y factura desde un despacho que comparte con una imprenta de camisetas. «Tienes que ser artista y empresario, pero el premio es contar historias sin filtro», dice antes de colgar.

Pettinger no pide permiso. Tedward no pide perdón. Entre ambos han construido un negocio de la derrota que, paradójicamente, funciona mejor que muchas startups. La moraleta es tan sencilla como desagradable: si el sistema te margina, convierte tu fracaso en mercancía. Y riete, porque la alternativa es llorar frente a una tele que se apaga cuando se acaban las monedas.