La bienal que desafía al cielo: 78 artistas se juegan el alma en buenos aires
Blas Aparecido clavó un cuchillo de luz en la pared del Museo Nacional de arte Decorativo y se llevó el primer premio. Su Mis Chinas Viejas no es un cuadro: es un grito de mujeres que rezan mientras el país se les cae encima. La XIV Bienal de arte Sacro Contemporáneo eligió su obra entre 1.250 postulantes y la colgó junto a otras 77 piezas que hablan de Dios, pero también de inflación, desigualdad y deseo.
La muestra abrió el miércoles y estará hasta el 3 de mayo. Entrar cuesta lo mismo que una medialuna: nada. Dentro, un convite de alto voltaje: Ignacio Cassas retrata la saciedad desde el ácido de un estómago; Ramiro Pasch convierte la palabra Logos en un latido de neón; Leonardo Cavalcante suspende cuerpos que parecen no tocar el suelo desde 2019.
El jurado que no perdona
José Emilio Burucúa, Marcela López Sastre y Julio Sánchez Baroni se encerraron cuatro días con 1.270 archivos. Salieron con seis nombres y un silencio incómodo: faltaban monjas, curas y santos de postal. La bienal ya no pide fe; exige tensión. Por eso la mención de Marcolina Di Pierro duele: pintó una Verónica sin rostro, solo manchas de óleo y polvo de ruta. Gaba De Dios, otra mencionada, cosió la bandera argentina con hilos de hostia.
El Vaticano patrocina desde Roma; la Ciudad pone los pesos que faltan y la Fundación Vetrano cierra el círculo. María Pimentel de Lanusse, la curadora, repite un mantra: “No buscamos lo religioso, buscamos lo sagrado que quedó”. Traducción: la feria de arte más heterodoxa del país ya no le teme al infierno; le teme al olvido.
Entre los elegidos hay un coreano que nunca pisó la 9 de Julio, un santafesino que usa carne de sobre cocida como pigmento y una rosarina que grabó el rezo de su abuela en un loop de 24 horas. La lista completa da vértigo: desde Diana Aisenberg hasta Pablo Ziccarello, 78 maneras de decir ¿estás ahí? sin que el cielo responda.

Los números que callan
La anterior edición recibió 900 obras. Esta, 1.270. El salto no es casual: después de la pandemia, los artistas descubrieron que la muerte vende, pero la resurrección vende más. El premio estímulo son $300.000: apenas alcanza para cubrir el alquiler de un taller en Palermo. Lo que nadie dice: los cuatro ganadores ya tienen galería y coleccionistas. Los 72 que quedan afuera del podio vuelven a sus barrios con un sticker en el currículum y la esperanza de que el próximo Papa cite su obra en un tuit.
La muestra se puede recorrer de noche. Al cerrar, las luces se atenúan y las piezas respiran. En un rincón, Mis Chinas Viejas brilla con luz propia. Las viejas del título no están: son el hueco que dejaron. Blas Aparecido lo sabe: ganó porque retrató la ausencia, no la fe. Y en este país, la ausencia es el único dogma que sobra.