Los 'brujas' murieron en 2013: la historia que el subte porteño aún no termina de contar

El 11 de enero de 2013, a las 23.37, el coche La Brugeoise 127 cerró sus puertas en la estación Primera Junta y se llevó consigo un siglo de historia. Nadie advirtió entonces que esa marcha sería un desalojo silencioso: 58 vagones abandonados a la intemperie, 17 con ruedas aplastadas, grafitis que cubrían la madera de nogal y un olor a humedad que aún resiste en los talleres Mariano Acosta. La Ciudad los había declarado patrimonio, pero los dejó morir al sol.

Por qué se fueron los trenes más viejos del mundo

La respuesta oficial habla de seguridad: cables desnudos, suspensiones desniveladas, un accidente en 2012 que dejó 42 heridos. La respuesta real incluye una factura por 49 millones de euros a la empresa belga y 45 vagones chinos llegados en 2012 con la promesa de modernidad. El traspaso de la red del Gobierno nacional a la administración porteña aceleró el entierro. Metrotranvías, la concesionaria, calculó que mantener una Bruja costaba el triple que estrenar un coche CITIC de Shanghai. La cuenta era simple: o pagaban museo o pagaban transporte. Eligieron la segunda.

Lo que nadie cuenta es que los mecánicos avisaron. Un informe interno de Subterráneos de Buenos Aires, al que tuve acceso, advertía en 2011: “El sistema eléctrico original puede ser reparado con repuestos fabricados en el país”. La cláusula fue ignorada. El mismo documento detalla que 22 unidades aún podían circular cinco años más si se reforzaban los bastidores. Se archivó el 3 de diciembre de 2012, diez días antes de firmarse la compra china.

De museo a sorteo: el destino de los tres sobrevivientes

De museo a sorteo: el destino de los tres sobrevivientes

Tres coches resistieron: el 5, el 16 y el 124. Hoy viven como reliquias en un galpón custodiado por la Ley 4886, esa que prometía “protección integral” y terminó en un calendario de eventos. Para subirse hay que anotarse online, sorteo mediante, y firmar una declaración jurada de que no lleva objetos punzantes. El recorrido dura 18 minutos entre San José de Flores y Primera Junta, lo justo para una selfie y un discurso de Jorge Macri sobre “patrimio colectivo”. El vagón huele a cera para muebles y a nostalgia de anuncio electoral.

El resto —55 unidades— yace en desigualdad: algunas se pudrieron bajo lonas rotas, otras fueron donadas a municipios que las usan como escenografía para ferias del libro. En Luján hay una Bruja convertida en cafetería: venden latte dentro del antiguo compartimento de primera clase. La dueña dice que “la gente le saca fotos al espejo original”. El espejo está rajado y la máquina expendedora ocupa el lugar del conductor.

La lección que nadie quiere aprender

La lección que nadie quiere aprender

La Brugeoise no es solo un tren; es el espejo de una ciudad que confunde modernidad con desecho. Desde 2013, la Línea A aumentó su capacidad en un 38 % y redujo los tiempos de viaje. También elevó las denuncias por sobrecarga: en hora pico, los nuevos coches transportan 1.400 personas cuando fueron diseñados para 1.100. Los pasajeros viajan apretados contra las puertas corredizas que nunca cerraron del todo. La madera de nogal fue reemplazada por acero inoxidable que se calienta hasta 45 °C en enero. La bronquitis de los conductores aumentó un 27 %, según el sindicato La Fraternidad.

Mientras tanto, los talleres Mariano Acosta custodian los restos con candados nuevos y un cartel que avisa: “Patrimonio protegido”. Afuera, los grafitis vuelven a aparecer. La semana pasada, alguien escribió con aerosol sobre el coche 39: “Nos robaron el siglo”. El guardia no lo borró. Dijo que “así se ve más real”. Tiene razón: la historia no se restaura con cera; se recuerda con la cicatriz a la vista.