Mujeres desnuda su nuevo disco: 20 años de rock sin fama que todos copian
Barcelona tiene un hijo bastardo que nadie pone en la portada de los festivales y que, sin embargo, ha escrito el manual que ahora recitan los grupos de moda. Mujeres —Yago Alcover, Pol Rodellar y Arnau ‘Tito’ Sanz— ha pasado la noche del jueves en Madrid presentando Es un dolor inexplicable, su séptimo álbum de estudio, a solo meses de celebrar dos décadas sobre un escenario sin quebrar la amistad ni el hambre.
La ironía es tan bestia que duele: cuando los medios hablan de renacimiento del rock español citan a Carolina Durante, a Cariño o a La Élite, y se olvidan de que todas ellas han firmado con el trío que hoy toca en la sala con butacas desvencijadas y la sudadera de turno. «Nos debemos al grupo», suelta Tito entre trago y trago de cerveza. «No somos tres tipos que coinciden; somos una sola entidad que se alquila por ganas, no por necesidad de likes.»
El disco que no quiere ser revolución, solo honestidad
Abrir el vinilo rosa de Es un dolor inexplicable es encontrarse con doce canciones que duran lo que tarda un mechero en apagarse. Ninguna pasa de tres minutos. Todas parecen la misma hasta que las repites y descubres que la misquina del cambio está en el detalle: un coro que rebota como pelota de goma, un riff que suena a tallado con navaja de barbero. «Buscamos la canción perfecta dentro de nuestro propio juego», dice Yago. «Y este disco es la partida que ganamos por la mínima.»
El disco anterior, Desde flores y entrañas, se había alejado del núcleo; este regreso al redil suena a declaración de principios: bajo corto, batería que casca como máquina de coser desbocada y la guitarra que se queja sin permitirse solos. «No hay virtuosismo; hay urgencia», resume Pol. «Y la urgencia, en tiempos de algoritmos, es el acto más punk que se puede permitir un tipo de cuarenta años que ya no cree en los récords de ventas.»

La lección que venden los otros con su nombre
La fama les llegó por la puerta de atrás: una colaboración con Carolina Durante les colgó el cartel de “influencers sin Instagram”. «Rock y amistad» se convirtió en himen generacional y, de golpe, los medios que antes los ignoraron empezaron a llamar para preguntar cuál era el secreto. «El secreto es que no hay secreto», suelta Alcover. «Tocar, grabar, tocar, grabar. El resto es azar y ganas de no despegar los pies del suelo.»
En la sala, esta noche, hay veinteañeros que se saben de memoria Siento muerte, el disco que dedicaron a Isabel Díaz Ayuso con una sonrisa burlona y que, paradójicamente, les abrió las puertas de las residencias de mayores donde tocaron gratis para que los abuelos bailaran. «Nosotros también envejecemos, pero no queremos hacerlo en pedestal», dice Tito. «Queremos hacerlo en furgoneta, con la guita rota y el alma entera.»

El negocio que no les cupo y el futuro que se inventan
Mientras la industria busca el próximo caballo de taquilla, Mujeres reparte vinilos en tiendas que ya no existen y cuelga temas inéditos fuera del streaming como quien pega carteles en farolas. «No luchamos contra Spotify; solo nos preguntamos si hay otra manera de contar que aquí estamos», explican. La respuesta se llama 20 años y se celebra en 2027 con «alguna sorpresita» que aún no pueden desvelar por miedo a que la rompan antes de nacer.
Entre cámara y cámara, confiesan el sueño más pequeño y más grande: montar un estudio propio para «autogestionarse los discos a lo Yo La Tengo» o abrir un bar «con queso y música baja para que la gente hable». No piden oro; piden tiempo. «Y tiempo es lo que llevamos robando desde 2007, cuando nadie apostaba por tres tipos que cantaban en inglés y se peleaban con el público si éste no saltaba.»
La entrevista termina donde empezó: en la puerta de una sala que huele a cerveza derramada y a esperanza. Mujeres no pedirá disculpas por no ser cabeza de cartel; prefiere seguir siendo el grupo que otros copian sin que los managers lo sepan. «Y eso, en este oficio, es la victoria más limpia que se puede firmar sin salir en la porta del Primavera.»