cultura

Penguin random house rompe con openai y la lleva a juicio por piratear a coco el dragón

El gigante editorial que meses antes se abrazó a OpenAI ahora la denuncia en los tribunales: Penguin Random House ha presentado una demanda en Múnich contra la filial irlandesa del chatbot por copiar sin permiso ni pago la obra infantil Der kleine Drache Kokosnuss, del ilustrador alemán Ingo Siegner.

El dragón coco vuela, pero no por obra de openai

El dragón coco vuela, pero no por obra de openai

La editorial, controlada por el conglomerado alemán Bertelsmann, asegura que ChatGPT reproduce textos y dibujos del pequeño dragón con solo pedirlo. Peor aún: los archivos internos del sistema revelan que las novelas de Siegner fueron ingeridas para entrenar el modelo sin licencia ni cita. La firma había pedido explicaciones y un cese; la respuesta fue el silencio, según el escrito presentado el martes ante el tribunal regional de Múnich.

La contradicción es palmariamente bochornosa. En enero Bertelsmann anunció un acuerdo global con OpenAI para integrar recomendaciones de libros en redes sociales. Carina Mathern, directora de la división juvenil, defendía entonces la «oportunidad» de la inteligencia artificial. Ayer, la misma Mathern clamaba por «protección absoluta de la propiedad intelectual». El mensaje a los autores es desconcertante: primero les vendemos la IA, luego les demandamos por usarla.

El caso llega cuando los tribunales europeos empiezan a fijar jurisprudencia sobre el uso de obras protegidas para alimentar modelos. El pasado octubre, la justicia alemana ya dictaminó que la reproducción de fragmentos literarios puede ser ilegal si el sistema no filtra previamente contenido con derechos. Si Múnich confirma la tesis de Penguin, OpenAI podría verse obligada a revelar los corpus de entrenamiento y a indemnizar a cada autor afectado.

El sindicato de editores alemanes, que apoya la demanda, exige que se dibuje «una línea roja»: entrenar una máquina con libros protegidos sin licencia es, simplemente, piratería con algoritmos. La frase resume el pulso que ya enfrenta a Silicon Valley contra la industria cultural europea: o se paga por los contenidos, o se para el desarrollo.

OpenAI no ha querido pronunciarse de momento. Su habitual argumento —el modelo solo aprende patrones, no copia textos— choca aquí con la realidad tangible: los usuarios obtienen párrafos casi idénticos y dibujos calcados del dragón Coco. La editora pide al juez que ordene la retirada de los datos y que imponga multas proporcionales a los beneficios obtenidos. Si gana, la factura podría multiplicarse por cada título infantil que alimentó al cerebro artificial.

La moraleja es de esas que no necesitan moraleja: cuando el negocio es vender palabras, regalarlas a una IA acaba volviéndose un dragón de los que escupen fuego judicial.