Spampinato desentierra el sol que calcinó al conurbano y ya no existe
La última vez que vi una luz así fue en el verano del 95, cuando el asfalto de José C. Paz se deshacía bajo mis pies. Spampinato la atrapó antes, la encerró en óleo y arena, y ahora la devuelve en Oro en el campo, una exhibición que hiere porque muestra lo que ya no podemos pisar.
Entrar en la galería Calvaresi es regresar a un territorio que el conurbano se encargó de borrar: los ranchos de lata, los cardos altos como hombres, los cielos que pesaban más que los techos. El artista —inmigrante italiano, empleado de SEGBA, pintor nocturno— recorrió esas calles de tierra con un cuaderno y un pincel, mientras el resto miraba para otro lado. Lo que hizo fue simple: documentar la inminente pérdida. Lo que logró fue imposible: convertir la desaparición en pigmento.
La técnica era un acto de desesperación
Capas de óleo, yeso, arena de la misma ruta que pintaba. Luego el ataque: espátula, uña, lija. El cuadro se convierte en relieve, en cicatriz. El amarillo no es color, es calor acumulado; el blanco, el polvo que se metía en los pulmones de los chicos que jugaban sin zapatillas. En Figura y paisaje (1966) un peón de espaldas sostiene una tea ante una luna que parece sol. Esa contradicción visual es el núcleo de su obra: la noche también quema si sos pobre.
Spampinato detestaba que lo llamaran “ingenuo”. Prefería realismo poético, una etiqueta que suena a eufemismo hasta que ves el cuadro donde un perro flaco se encoge bajo un cielo que parece estrella a punto de estallar. Allí entendés que la poesía, en el conurbano, es la única forma de decir la crueldad sin que la censuren.

El mercado lo castigó por no pintar la ciudad que querían vender
Las galerías de la Recoleta lo exhibieron en los 60; luego llegaron los cheques sin firmar, los marchantes que desaparecían con los cuadros, el silencio. Spampinato anotó en su diario: “Vendieron mi rancho y compraron un country”. Se aisló en José C. Paz, pintó sobre hardboard recortado en su cocina, y cuando el infarto de 1988 le robó aire optó por formatos más chicos: óleo primero, acuarela al final. Su hija Ana cuenta que el corazón se le agrandaba cada vez que terminaba una pieza; los médicos no entendían cómo seguía vivo. La respuesta estaba en el taller: pintaba para no morirse del todo.
Calvaresi —el mismo espacio que rescató a Mildred Burton y a Dignora Pastorello— ahora le devuelve la voz a un artista que anticipó el desastre urbano con veinte años de anticipación. La muestra es pequeña, como los últimos formatos de Spampinato, pero cada obra pesa lo que pesa el barrio que ya no existe: unos kilos de tierra seca, un pájaro carpintero clavado en la memoria, el olor a eucalipto que se vendió por lote.
Salí a la calle Defresa y el sol de abril me golpeó como acuse de recibo. Spampinato tenía razón: el sol del conurbano es un solo y mismo interrogatorio. Ahora que sus cuadros cuelgan de la pared blanca, la pregunta duele más: ¿qué hicimos con esa luz que ya no tenemos?
Oro en el campo —hasta el 8 de mayo, entrada libre— no es una retrospectiva. Es una denuncia envuelta en óleo. Y, sobre todo, es un espejo: el que devuelve el reflejo de una ciudad que se negó a ser lo que fue.