Voltaire vuelve a despertar: la frase que previene la trampa del absurdo

Una frase de 250 años atraviesa WhatsApp, TikTok y los pasillos del Congreso como una bofetada de realidad: «Quien te hace creer absurdos, te hará cometer injusticias». No es un eslogan de campaña; es una advertencia de Voltaire que cobra interés de mercado en la semana en que la Red ha sido tierra de nadie entre bulos sobre la guerra de Gaza y teorías que niegan la existencia misma de la Segunda República.

La frase suena a consigna, pero nació como una nota al pie en la Questions sur l’Encyclopédie (1767). Su brevedad es trampantojo: en el original reza «Ciertamente, quien tiene derecho a hacerte absurdo tiene derecho a hacerte injusto». El verbo «puede» lo pusieron los traductores ingleses para vender más miedo. Funcionó. Hoy circula en castellano con «atrocidades» en lugar de «injusticias» y nadie pide factura.

La fábrica del absurdo ya no es religiosa

Voltaire escribía contra los curas que prometían el cielo a quienes quemaran herejes. Ahora la máquina de triturar razón se alimenta de algoritmos. Un clip de quince segundos puede convencer a medio millón de personas de que la Tierra es plana o de que un político come niños en una pizzería. El mecanismo es idéntico: primero te hacen tragar un disparate sin sangre, después te piden que firmes la condena.

La diferencia es la velocidad. A Voltaire le costó diez años y dos exilios reescribir la sentencia de Jean Calas, ahorcado por ser protestante. Hoy bastan diez minutos para que una acusación falsa cuelgue en Twitter la vida de un adolescente.

En Repsol aprendí que los balances se falsean cuando alguien decide creer un cuento bonito antes que la columna de números. Lo mismo pasa con la política: el relato de «España roba» o «el virus es una invención» empieza como un chiste de sobremesa y acaba en urnas o en UCI. El paso del absurdo a la injusticia ya no requiere horca: basta con un voto, una exclusión, un silencio.

El antídoto se llama vergüenza

El antídoto se llama vergüenza

Voltaire no pedía iluminaciones; exigía lectura, comparación, burla. Su arma fue la ironía, no la ley. La buena noticia es que el remedio sigue siendo gratis: leer más de un titular, mirar al otro de frente, reírte de tu propio error antes de que el algoritmo te devuelva la carcajada convertida en odio.

La mala: la tentación del absurdo vende más que el esfuerzo de entender. Las plataformas facturan cada segundo que pasas enfadado; tu paz mental no deja récord de ingresos.

Así que cada vez que alguien te pase un vídeo que «te deja helado», respira y recita en voz alta la frase que ninguna red te regalará: «Quien te hace absurdo, te hará injusto». Luego, si puedes, busca el dato original. Si no lo encuentras, al menos no lo reenvíes. Voltaire murió en París el 30 de mayo de 1778, pero su verdadero fallecimiento sería que nosotros, 246 años después, sigamos compartiendo sin mirar y llamándolo libertad de expresión.