Will rees convierte su obsesión por la enfermedad en un libro que desnuda la ansiedad del siglo xxi

Will Rees llevó cinco años convencido de que le quedaban meses de vida. Un dolor de cabeza en 2010 fue el punto de partida de una espiral de consultas, resonancias y noches en vela frente a la pantalla. Ahora publica Hipocondría (Alpha Decay), una crónica tan personal como despiadada sobre cómo internet ha convertido el miedo a morir en un negocio redondo.

De la consulta al buscador: la nueva ruta del pánico

Rees no es un caso aislado. La cibercondría, término que los clínicos ya manejan como síntoma más que como broma, mueve millones de páginas vistas cada mes. El autor lo vivió en primera persona: tras teclear «¿puede el cáncer cerebral causar hipo?», Google le devolvió 2,3 millones de resultados y una certeza: sí, si la enfermedad está avanzada. «La búsqueda se convirtió en mi electroshock diario», escribe. Desde entonces, la lista de síntomas fue creciendo: olvidos, tics, cambios en el gusto del café, hasta un hipo que se repetía tres veces al día. Ningún médico encontró nada. La angustia, en cambio, era palpable.

El libro atraviesa la historia clínica y la literaria. Rees cita a Kafka, a Virginia Woolf —que ya advirtió que el inglés «carece de palabras para el escalofrío»— y a Kant, otro hipocondríaco ilustrado. La diferencia es que ellos no tenían foros de Reddit ni tests de 5 minutos que prometen detectar un linfoma. «La hipocondría pone en evidencia cuán frágil es cualquier diagnóstico», sentencia. Por eso el manual DSM-5 eliminó el término en 2013 y lo reemplazó por «trastorno de ansiedad por enfermedad». El gesto no curó a nadie, pero devolvió la culpa al paciente.

El miedo que vende: cuando la salud se convierte en clics

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La industria lo sabe. Portales de «salud digital» facturan a base de banners que estallan ante la palabra tumor. Rees recibió propinas de desconocidos: «Le falta una prueba de sangre». Cada consejo reabría la herida. Pasó por resonancias, pruebas oftalmológicas y análisis de todo tipo. El balance: cero enfermedades, varios miles de libras en copagos y una certeza: «El cuerpo se convierte en el lugar donde habita el miedo sin nombre».

El libro cierra con una revelación que no cura pero alivia: a los 30, Rees dejó de creer que iba a morirse mañana. No porque los médicos lo certificaran, sino porque aceptó que la duda forma parte del trato de ser mortal. «La hipocondría no es un error de software; es la actualización de un terror antiguo», concluye. La frase duele porque es cierta: el virus no es el tumor que tememos, sino la certeza absoluta que promete sanar lo que nunca llegará a entenderse del todo.