Gareca dispara contra el vacío de perú: 'sin la gente, esto no arranca'
El 3-1 contra Senegal no fue solo un resultado: fue la radiografía de un equipo que perdió el alma. Y Ricardo Gareca, que sabe de almas, lo advirtió en voz alta: 'La selección necesita volver a acercarse a la gente'. La frona, dicha en el podcast 'La Sustancia', cayó como una losa en la FPF y reavivó el debate que nadie se atreve a verbalizar: el ciclo de Mano Menezes arranca sin herencia emocional.
La advertencia que menezes prefirió no escuchar
El brasileño cargó contra el ranking –'Somos el 53 contra el 12'– como si la jerarquía fuera un destino escrito. Pero Gareca ya vivió esa película en 2015, cuando Perú era el 61 y Uruguay el 9. Entonces no hubo excusas: hubo carnaval en Barranquilla, abrazos en New Jersey y 40 000 peruanos desbordando Moscú. La diferencia, repite el argentino, fue la 'conexión emocional': un contrato invisible entre jugadores y tribuna que Menezes aún no logra firmar.
El entrenador de 62 años recuerda cómo los micros de Lima se llenaban de banderas prestadas, cómo los niños pedían camisetas rasgadas y cómo los jugadores, al regresar de cada eliminatoria, bajaban del avión con la misma ropa que usaban para entrar a la cancha. 'Eso no se improvisa', advierte. 'Se construye partido a partido, gol a gol, lágrima a lágrima'.

El amistoso que se parece a un examen de admisión
Este martes 31, en el Butarque de Leganés, Perú se cruza con Honduras, otro equipo que no irá al próximo Mundial. Para la afición es un paréntesis sin brillo; para Menezes, una trampa. Si gana, la crítica dirá que era obligado. Si empata o pierde, el 'proceso' pasará a llamarse 'experimento'. La prensa limeña ya avisó: la lista de 23 tendrá cinco cambios y la posesión deberá superar el 58 % que logró contra Senegal. El reto no es táctico: es psicológico. El vestido peruano pesa más que nunca y los nuevos –Palacios, Castillo, Araujo– aún no saben qué significa sentir ese peso convertido en abrazo.
Gareca, desde su sala de Montevideo, no pide un milagro. Pide tiempo, pero también gestos: 'Que los jugadores salgan a saludar después del partido, que suban un video pidiendo perdón cuando la cosa sale mal, que den la cara en la zona mixta aunque la pregunta duela'. Pequeñas rendiciones de cuentas que, en su experiencia, terminan traduciéndose en centímetros ganados en el área rival.
El legado que nadie quiere heredar
Entre 2015 y 2022, Perú ganó 11 partidos contra equipos top-20 del ranking FIFA. Desde que Gareca se fue, lleva cero. La estadística duele más que el 3-1, porque demuestra que la 'mística' no era un adorno literario: era un activo deportivo. El argentino insiste en que ese capital no se hereda, se reedita. 'O se cuida o se muere', resume, con la voz quebrada de quien vio cómo una generación pasó de ser 'la hinchada que viaja' a 'la hinchada que duda'.
Mientras tanto, en las redes oficiales de la FPF, los videos de entrenamiento suman 40 000 reproducciones; en tiempos de Gareca, un simple calentamiento superaba el millón. La brecha no es de algoritmo: es de corazón.
El cierre del círculo
Cuando el árbitro pite el inicio ante Honduras, Perú no solo defenderá un resultado: defenderá la idea de que aún puede emocionar. Gareca, desde la distancia, no pide otra final: pide un gesto, un abrazo, una canción que no parezca forzada. Porque sabe –y lo dice sin anestesia– que si el vínculo no se restablece, ni el mejor 4-3-3 levantará la cabeza de una afición que ya no llora las derrotas: las negocia. Y eso, para un país que vendió hasta el último minuto de televisión soñando con Catar, es la verdadera catástrofe.