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Kosovo a un paso del mundial: del fango de kek al sueño de 14.000 gargantas

Samir Ujkani se agarra al respaldo de la silla y deja escapar una risa que suena a alivio. «No conocía ni los nombres de la mitad». Está hablando de marzo de 2014, cuando la selección de Kosovo se fundió en una tacita de agua helada en Mitrovica y nadie —ni siquiera los propios jugadores— sabía si aquello iba a ser un equipo o un episodio de Supervivientes con balón. La FIFA no los reconocía, la UEFA tampoco, y el rival era Haití, el único país que no puso peros para disputar un amistoso que entonces parecía una foto de instituto antes que un hito histórico. Once años después, Kosovo puede sellar este martes su billete para el Mundial si doblega a Turquía en el estadio que lleva el nombre de Fadil Vokrri, el presidente que lloró de felicidad cuando contó los votos necesarios para entrar en la UEFA y murió antes de ver esta locura.

De la central térmica a la élite: la infancia del equipo que nació en la niebla

El entrenamiento era una odisea de humo y carbonilla. Kek, el campo que usaban cerca de Pristina, está justo debajo de la central de Obiliq, una de las más contaminantes de Europa. El césped parecía un campo de minas y el balón saltaba como una piedra. «Pero nadie se quejaba», recuerda Ujkani, por entero portero de Palermo y ahora directivo de la federación. «Íbamos en furgonetas prestadas, tres horas de viaje para una sola sesión, y volvíamos con la ropa sucia de carbón. Eso nos hizo equipo antes que cualquier táctica».

La guerra de los Balcanes había convertido el fútbol kosovar en un acto de resistencia. En los noventa, los serbios prohibieron los partidos públicos; después llegaron los bombardeos, los desplazamientos, los campos de refugiados. Cuando Kosovo proclamó su independencia en 2008, el balón dejó de ser un lujo para convertirse en un espejo donde mirarse. «Necesitábamos que el mundo nos viera jugando, no solo suplicando», dice Eroll Salihu, el ex secretario general que, junto a Vokrri, recorrió pasillos de hotel en hotel para convencer a federaciones que ni ubicaban el país en un mapa.

El día en que contaron 28 votos y vokrri estalló en lágrimas

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La foto la guarda Salihu en el móvil: él y Vokrri abrazados en un pasillo de Nyon el 22 de septiembre de 2015, cuando supieron que tenían los votos para pasar el corte en la UEFA. «Fadil me agarró del brazo y me dijo: “Eroll, está pasando”». Luego lloró. «Y después lloré yo. Él nunca lloraba». Vokrri murió tres años después, pero su nombre ahora brilla en las luces LED del estadio renovado donde 14.000 almas corearán el himno este martes.

La FIFA los aceptó en mayo de 2016. La primera clasificación para un Mundial llegó ese mismo otoño: Turku, Finlandia, hotel abarrotado de jugadores que hasta la víspera eran albaneses, suecos o suizos. «No pegamos ojo», cuenta Ujkani, que fue capitán en aquel 1-1 contra Finlandia. «Estábamos firmando papeles para cambiar de nacionalidad en el vestuario. Nadie sabía si los goles nos contaban para la historia o para el currículum».

Franco foda y el click que faltaba: de la catarsis al juego de equipo

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Kosovo siempre tuvo futbolistas eléctricos: Vedat Muriqi, el delantero que come aire en Mallorca; Edon Zhegrova, el desequilibrante de la Juventus; Fisnik Asllani, el pistolero de Hoffenheim. Lo que no tenían era un plan. Llegaron a la repesca de 2022 y se desangraron. Entró Franco Foda, ex seleccionador alemán, con la mano izquierda en el corazón y la derecha en la pizarra. «Nos dio un rumbo», dice Ujkani. «Dejó de ser “juguemos y ya veremos”». El resultado: doblete a Suecia, victoria en Eslovenia, empate en Ginebra y una semifinal de repesca en Eslovaquia que ganaron 4-3 con un guion de película.

Ahora Turquía acecha. Hace diez años, los otomanos golearon 6-1 en el mismo escenario. «Pero aquel resultado ya no nos define», advierte Salihu. «Entonces éramos una curiosidad; ahora somos un rival». La FIFA los coloca en el puesto 67 del ranking; el corazón kosovar los sitúa mucho más arriba.

El partido que vale un país entero

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Ujkani se quita el chaleco y deja al descubierto la insignia de la federación. «Ganar no es solo un billete a la fase final». Calla. Mira por la ventana del hotel donde duermen los jugadores y donde él dormía cuando el césped era un lodazal y el sueño un acto de fe. «Es para los que entrenaban bajo la central de carbón, para los que no pudieron jugar en los noventa, para los que se quedaron en la guerra. Es para que nadie vuelva a preguntar “¿dónde queda Kosovo?”».

El martes, 14.000 kosovares responderán con una sola voz. El balón pondrá el primer pie en el césped y, si todo va como creen que debe ir, Kosovo ya no será solo una historia de supervivencia: será una de esas que se cuentan en los libros de fútbol y en los de historia.