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Mclaughlin se estrella a 270 km/h y sale caminando: la indycar respira

La práctica del sábado en Barber se convirtió en un aullido de neumáticos y polvo. Scott McLaughlin, el neozelandés que hace un año besó el podio de Indianápolis, perdió la cola de su Penske a 270 km/h, giró como un trompo y estrelló el alma del coche contra los neumáticos. El impacto fue tan brutal que el monoplaza saltó el muro y quedó colgado entre los arbustos, a medio metro del vacío. La bandera roja se desgarró en el aire. Y, sin embargo, McLaughlin salió por su propio pie. Sonrió incluso antes de quitarse el casco.

La física del milagro

Los 240 G que registró la telemetría hubieran doblado un todoterreno. El chasis carbono, los cables de retención internos y el «halo» absorbieron la energía que un cuerpo humano no puede. En el centro médico solo le encontraron un moretón en el ego: el coche estaba hecho trizas. «Pareció peor de lo que se sintió», dijo él mismo en Instagram, mientras el equipo aún contaba escombros. La frase suena a cliché de piloto, pero dentro del paddock saben que esta vez es verdad: el sistema de seguridad de la IndyCar cumplió el guion perfecto.

Fue el mismo trazado donde hace tres años Robert Wickens se estrelló y nunca más volvió a caminar. La ironía duele. McLaughlin lo sabe y por eso no culpó al césped, al viento ni al asfalto frío de la mañana. «El coche andaba suelto, me pasó y punto. Ahora toca arreglarlo y correr», sentenció. En Penske ya ordenaron un chasis nuevo y un motor de repuesto. Tiempo límite: la clasificación del domingo.

El negocio tras el susto

El negocio tras el susto

Cada accidente de este calibre cuesta un promedio de 600.000 dólares en piezas y mano de obra. Odyssey Battery, patrocinador principal del auto número 3, vio cómo su logo se despedazó en directo por Fox Sports 1. En la sala de prensa nadie habló de dinero, pero los mecánicos hicieron cuentas de cabeza: un monoplaza completo se encarga con cuatro meses de antelación y la lista de espera ya roza 2025. La buena noticia: McLaughlin conserva los puntos y la moral intacta. La mala: un solo error más y el equipo podría quedarse sin unidades para pelear el campeonato.

La IndyCar cierra fila. La temporada apenas lleva dos carreras y los coches nuevos, más ligero y más rápido, están siendo más exigentes con el límite. Barber fue el segundo vuelco en lo que va de año. Los ingenieros hablan de «ventana de trabajo más estrecha»; los pilotos, de «cuchillo en la garganta». El espectáculo vende, pero el riesgo se agranda.

Mientras McLaughlin firmaba autógrafos con un algodón en la muñeca, el cronómetro seguía corriendo. La pole del domingo premia al más rápido y al más hábil para no besar el muro. El neozelandés ya dijo que quiere ser ese hombre. El coche estará listo. La pregunta es si los nervios de todos los demás también.