Descubren una comadreja que trepa paredes verticales y resuelve acertijos en china
Se burló de cámaras, tramperos y biólogos durante siglos. Ahora, una comadreja del tamaño de un ratón obliga a reescribir libros de etología: escala rocas de 90° sin apoyos, planifica rutas de caza en grupo y aprende de sus errores como un primate. El hallazgo, publicado este mes en Nature Ecology & Evolution, llega de la mano de un equipo hispano-chino que se atrincheró tres inviernos en los montes de Sichuan hasta localizar la guarida que la bestia usa como laboratorio de supervivencia.
El día que la comadreja se cansó de esconderse
La madrugada del 14 de enero de 2023, la cámara trampa de la doctora Liu Mei captó un destello marrón que saltó un desfiladero de ocho metros. El animal aterrizó sobre un saliente de apenas cuatro centímetros, olfateó el aire y desapareció en dos segundos. «Pensé que era un error de la lente», confiesa la bióloga del Instituto de Zoología de Pekín. Repitió la escena durante 47 noches. La misma silueta regresó, pero ahora arrastraba una piedra afilada que usó para desprender un nido de murciélagos de la pared. «Ahí entendimos que no habíos visto un simple mustélido; habíamos tropezado con un ingeniero de granito».
Los análisis genéticos confirmaron una especie nueva: Mustela vertiginis, bautizada así por su pasión por el vacío. Su masa cerebral, 28 % mayor que la de sus parientes de llanura, alberga una corteza prefrontal más plisada, similar a la de los corvidos. Eso explica su capacidad para resolver rompecabezas de alimentación: ante un frasco atornillado con larvas dentro, la comadreja gira la tapa en sentido contrario a las agujas del reloj tras observar a sus congéneres fracasar. Aprende por imitación, pero también por ensayo y, lo que es más sorprendente, enseña. El 2 de marzo, un ejemplar juvenil repitió el truco tras mirar a la hembra dominante durante doce minutos. «Es pedagogía pura», resume Dr. Javier Morales, coautor del estudio y etólogo de la Universidad Complutense.

El anillo de ptolomeo que trepa sin cuerda
El secreto físico está en sus falanges, recubiertas de queratina micro-escamada que actúa como microventosa. Cada garra puede soportar hasta 18 veces su peso corporal, según los ensayos de resistencia realizados en el laboratorio de materiales de Tsinghua. La columna, articulada en 54 vértebras —el doble que un gato—, le permite doblarse sobre sí misma y desplazarse como una serpiente cuando el hueco es estrecho. Su pulmón, adaptado a 4 200 metros de altitud, extrae oxígeno con una eficiencia del 92 %, récord entre mamíferos no voladores.
Pero el verdadero prodigio es social. Las guaridas albercan hasta nueve individuos que se turnan para cazar, vigilar y enseñar. Utilizan un repertorio de 14 vocalizaciones distintas que los investigadores han descifrado: un trino ascendente significa «presa grande al norte»; un chasquido seco, «peligro aéreo». La cohesión es tal que, cuando un ejemplar quedó atrapado en una zanja, el grupo improvisó una cadena de colas para rescatarlo en 38 segundos. «Si hubiéramos visto la escena en un documental de Disney, nos habría parecido exagerada», ironiza Morales.

El oro de los otros y el precio de ser invisible
Todo este arsenal evolutivo se juega en un tablero que se rompe. La minería de oro artesanal ha convertido los cañones de Sichuan en un laberín de túneles y mercurio. En los últimos cinco años, el hábitat de M. vertiginis se ha reducido un 31 %, según datos del gobierno provincial. La comadreja, por ahora, se ha escabullido a cotas más altas, pero el límite vegetal también asciende: 2,3 metros cada temporada. «No hay montaña lo bastante alta para un animal que ya toca el cielo», advierte Liu.
El plan de conservación, liderado por Parks China y la Fundación para la Biodiversidad de Asia Oriental, previde cerrar 600 km de sendas ilegales y compensar a los mineros con eco-turismo de observación. El precio del fracaso: 120 000 hectáreas convertidas en estéril y la primera extinción documentada de un mamífero por escalada extrema. «Perderíamos la única especie que ha convertido la montaña en aula», sentencia Dr. Chen Yue, conservacionista y coautora del artículo.
La comadreja montesa ya no es un rumor entre brumas. Es un espejo que devuelve la imagen de un planeta que aún esconde ingenieros de 120 gramos. Si desaparece, la montaña seguirá en pie, pero un trozo de la imaginación científica se habrá derrumbado con ella. Y eso pesa más que el oro que se llevan los hombres.