Dos hombres ejecutados en moto desatan el terror en las margaritas

La noche del domingo, un par de disparos certeros acabaron con dos vidas en menos de diez segundos. La escena: el kilómetro 24 de la ruta a Ciudad Quetzal, San Juan Sacatepéquez. El método: una moto como trampa móvil. El saldo: dos cuerpos sin nombre, sin rostro, sin piedad.

Las balas destrozaron el casco y el tanque de gasolina. El olor a pólvora se mezcló con el de la gasolina derramada. Vecinos que escucharon la ráfaga cerraron postigos y apagaron luces; nadie quiere ser el próximo testigo. Cuando los bomberos de Ciudad Quetzal llegaron, solo confirmaron lo que ya se sabía: los impactos en tórax y cabeza fueron letales antes de que la ambulancia arrancara.

El cerco policial se estrecha pero el miedo crece

La PNC desplegó un retén de élite en cada entrada de Las Margaritas. Agentes con fusiles Galil revisan hasta los tubos de escape. El Ministerio Público blindó la escena con cintas amarillas que ondean como banderas de una guerra que nadie declara. El tráfico se convierte en un goteo de camiones que avanzan a paso de hombre mientras los peritos recogen vainas con pinzas de plástico.

¿El móvil? Silencio. En el barrio apodado Campo La Estrella —a tres calles del crimen—, la policía ya había confiscado un pick-up con cuatro pistolas y un paquete de cocaína el pasado junio. El mensaje es claro: aquí el narco pisa fuerte y el Estado corre detrás. Ahora, con dos cadáveres sobre el asfalto, la sospecha se bifurca: ajuste de cuentas o amedrentamiento a mototaxistas que se negaron a pagar derecho de piso.

Las víctimas aún no tienen nombre, pero su muerte tiene apellido: impunidad. En lo que va de año, San Juan Sacatepéquez suma 38 homicidios, cifra que iguala la de zonas urbanas tres veces más pobladas. La diferencia: aquí no hay cámaras de videovigilancia, solo monte y madrugada.

El asesinato de diciembre que nadie resolvió

El asesinato de diciembre que nadie resolvió

El domingo no fue un hecho aislado. El 15 de diciembre, Don Adolfo, presidente del Cocode de Prados de Ciudad Quetzal, cayó bajo una lluvia de plomo mientras empujaba una carreta con tierra. Su crimen: ordenar una limpieza de caminos sin pedir permiso al grupo que controla la zona. Su muerte quedó en carpeta sin culpables. El mensaje caló.

Los vecinos ahora hablan en clave. “Se portó bien, pero se metió donde no debía”, susurra una comerciante que cierra su puesto antes de las siete. La frase resume la regla de supervivencia: callar, bajar la cabeza, seguir el camino marcado por quienes portan cuerno de chivo y andan en Hilux sin placas.

La investigación del caso actual avanza a trompicones. El MP guarda silencio; la PNC filtra que hay “líneas de investigación” sin concretar. Entre tanto, los Bomberos Municipales recogen solo cuerpos. Su WhatsApp de emergencia, el 5042 6314, recibe más llamadas de pánico que de incendios.

La ruta a Ciudad Quetzal amaneció este lunes sembrada de crucetas improvisadas: dos palos de madera y un cartón con la leyenda “Fue el narco”. Nadie firmó. A las 8 a.m., un camión de basura se llevó las cruces. En San Juan Sacatepéquez, la memoria dura lo que dura un ciclo de basura.