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Argentina se parte en dos: energía vuela, consumo se hunde

La Economíaargentina crece, sí. Pero no para todos. Dante Sica, exministro de Producción de Mauricio Macri y uno de los economistas con mejor olfato para leer la microeconomía detrás de los grandes números, lo dijo sin anestesia: si trabajas en el sector energético de Neuquén o en la minería del norte, estás en otro país. Si fabricas zapatos en el conurbano bonaerense, la demanda simplemente se derrumbó. Dos Argentinas bajo el mismo PBI.

El número que el gobierno celebra y la zapatería que cierra

Las estimaciones oficiales hablan de un crecimiento del 2,5% para este año. Sica va más lejos: cree que la cifra terminará por encima del 3%, empujada en parte por un contexto internacional que, paradójicamente, está castigando a otros y beneficiando a los proveedores de energía y materias primas estratégicas. Esa ganancia extra, dice, llegará del sector energético. No es casualidad. Es estructura.

Lo que el dato agregado no cuenta es la fractura interna. El consumo masivo está amesetado. Los salarios no terminan de recuperarse y la inflación se resiste a perforar el 2% mensual. Pero al mismo tiempo, las aerolíneas registran récord de venta de pasajes de cabotaje. Hay plata. Solo que no está donde estaba antes, ni se gasta como antes. Eso no es una anomalía estadística: es un cambio de época.

Reconversión productiva, o cómo el mercado cobra sus deudas

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Durante décadas, la Economía cerrada argentina funcionó como una burbuja de baja exigencia. Una empresa podía sobrevivir siendo ineficiente porque la competencia externa no existía y la inflación le trasladaba los costos al consumidor. Sica lo ilustra con un dato que debería avergonzar a cualquier planificador industrial: Argentina llegó a tener más de diez fábricas de heladeras, ninguna con escala competitiva real. Existían porque el mercado protegido las toleraba. Ahora, con importaciones más accesibles, varias no tienen razón de ser.

Eso explica los titulares de empresas que cierran. Pero Sica pone el foco donde la prensa no suele mirarlo: en las que se reconvierten. Compañías que antes fabricaban componentes para línea blanca y hoy se reorientan hacia proveedores del sector energético o minero, que son grandes demandantes de bienes de capital. El problema, y aquí está el nudo, es que esa reconversión necesita financiamiento. Y el mercado de capitales argentino es demasiado pequeño para sostenerla a la velocidad que se necesita. En otros países, esa transición la financia la bolsa. Aquí, la financia quien pueda.

El mundo también cambió, y eso le conviene a argentina

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La lectura de Sica sobre el contexto internacional es menos catastrofista que la de buena parte de los analistas locales. Reconoce la fricción, los problemas de fletes navieros, el encarecimiento de fertilizantes, la inestabilidad geopolítica. Pero señala algo que se pierde en el ruido: el eje del comercio global ya no gira solo alrededor de la eficiencia y el precio más bajo. Ahora gira alrededor de la seguridad de las cadenas de suministro. Y ahí Argentina, con energía, litio, alimentos y agua, tiene una posición que hace diez años no tenía.

El país, dice, pasó de ser el que ponía trabas a los negocios a ser un proveedor potencial de los bienes que el mundo necesita garantizarse. La transición duele. Los números de corto plazo son desiguales. Pero la dirección, en su lectura, es otra. Y esa es, quizás, la primera vez en muchos años que un economista con trayectoria puede decirlo con algo parecido a la convicción.