Caputo prometió avalancha de dólares y apenas llegó un goteo: la inocencia fiscal ya mueve la aguja
Las mesas de dinero del microcentro porteño registran la misma escena desde enero: clientes que entran con fajos de billetes verdes, preguntan por la ley, escuchan la explicación y se van con los dólares de vuelta al bolsillo. El experimento del ministro Luis Caputo para vaciar los colchones argentinos topó de bruces con la desconfianza atávica de un país que ya fue traicionado demasiadas veces. El resultado: en los primeros veinte días de marzo ingresaron apenas 151 millones de dólares, una décima parte del pulso que había marcado diciembre.
La curva se quiebra en el momento justo
La secuencia es demoledora. Diciembre arrancó con un salto de 1.256 millones, enero bajó a 979, febrero se desplomó a 425 y marzo terminó siendo un susurro. La base privada pasó de 36.641 millones el 1 de diciembre a 38.483 millones el 20 de marzo: un aumento neto de 1.842 millones en cuatro meses, cuando el propio Palacio de Hacienda había dibujado un objetivo de 5.000 millones solo en el primer trimestre. La desaceleración no es estadística: es política.
El pico del 2 de marzo —39.173 millones— duró lo que un suspiro. Ese día se depositó el pago del Bopreal, el bono con que el Gobierno canceló deudas con importadores. A las 48 horas se fugaron 636 millones y la curva volvió a caer. De los 16 días hábiles que analiza la consultora Analytica, 11 cerraron en rojo. La ley que prometía blindaje absoluto —«a prueba de Kicillof», ironizó Caputo— no alcanza para vencer el miedo a que mañana otro gobierno abra la caja fuerte y pregunte de dónde salió cada billete.

El contador que paraliza la máquina
En WhatsApp los audios corren más rápido que los decretos. Un contador de Rosario le advierte a su cliente: «Si entrás con 100 mil, te los aceptan, pero el día que cambie la ley te van a reconstruir toda la vida». Ese rumor, repetido en colegios profesionales y cenas de barrio, corta el efecto anunciado. El Banco Nación recibió la orden tácita de no pedir papeles, pero la imagen de Miguel Ángel Pesce todavía pesa: fue él quien en 2020 obligó a justificar hasta el último centavo de los depósitos en efectivo.
Caputo lo sabe. Por eso sube el tono: «Ustedes están perdiendo plata», grita en cada entrevista. Lo que no dice es que el país también pierde tiempo. Con los dólares afuera el crédito no crece, el tipo de cambio sigue presionado y el Central se quema reservas para sostener el cepo blando que todavía existe. El ministro necesita ese colchón para que los bancos presten a tasa negativa en pesos y financien la recuperación. Pero el ahorrista prefiere la bicicleta verde: compra en el paralelo, vende en el oficial y vuelve a empezar. El spread le da más que cualquier plazo fijo.

El país que no se perdona
La ironía es brutal: la Argentina tiene ≈ 200 mil millones de dólares billete por billete guardados en cajas de seguridad, cajas fuertes y huecos en la pared, según cálculos de la Federación de Cajas de Ahorro. Bastaría que entrara un 5 % para duplicar los depósitos y descomprimir la plaza cambiaria. Pero cada vez que alguien pisa un banco recuerda el corralito, el pesificado, el cepo y, más reciente, el impuesto a la renta inesperada que Cristina Kirchner aplicó en 2008 a los depósitos en dólares. La memoria es muscular: se activa antes que la razón.
Mientras tanto, la inflación en pesos trepa y el dólar oficial se queda atrás. El que deposita hoy sabe que mañana tendrá menos poder de compra. El que se queda con el billete, al menos, conserva la ilusión de la estabilidad. Caputo puede gritar que la ley es «a prueba de balas», pero la bala ya está incrustada en la cabeza de cada argentino: se llama desconfianza y no se saca con decretos. La cifra habla por sí sola: 151 millones en marzo es el peor registro desde que existe la serie. El colchón gana la partida.