La gasolina les come el plato: en filipinas los niños ya no comen para que papá llene el depósito

Jayson Naga aprieta el acelerador y el motor de su triciclo tose como una tuberculosa. Son las seis de la mañana en Manila y ya ha gastado 60 pesos en gasolina. Antes le sobraban 500 pesos para sus cuatro hijos. Ahora, con el barril disparado, regresa a casa con 350 y la cuenta rota: arroz, aceite, matrícula. ‘Si sube otro peso, cenamos aire’, dice mientras se rasca una quemadura de sol en el cuello.

La cifra habla por sí sola: el gobierno de Ferdinand Marcos Jr. acaba de consumar el primer estado de emergencia energético del planeta. Importan crudo como quien pide agua en el desierto y el 100 % llega por barcos que ahora temen atracar en el Golfo. El resultado: la gasolina se ha encarecido un 60 % en tres meses y el transporte informal —donde vive la mitad de la clase obrera— agoniza sin red.

El alza invisible que vacía neveras

Hogan Ruben duerme dos horas menos. Sale a las cuatro de la madrugada y regresa a la una, con los ojos inyectados de diesel barato. Calcula: cinco horas extra para ganar lo mismo que antes ganaba en ocho. Su hijo dejó el colegio técnico porque ‘no hay nada que no suba’. En los supermercados la gente llena carros como si volviera el confinamiento: arroz de grano corto, sardinas, pastillas de jabón. En las redes se busca ‘panel solar’ y ‘auto eléctrico’; se encuentra escasez y engaños.

La cosecha de este año amortiguó el golpe, pero la próxima llegará con costes de flete inflados. Jan Carlo Punongbayan, economista de la UP, avisa: ‘Veíamos dígitos altos en 2008, pero ahora hablamos de inflación de dos dígitos en mayo. Y eso antes de que el crudo toque los 200 dólares’. Traducción: el kilo de pollo podría costar lo que hoy cuesta un pollo entero.

Desde el arranque hasta el asfalto, la calle estalla

Desde el arranque hasta el asfalto, la calle estalla

La semana pasada los paros paralizaron Manila. Piston, el sindicato de motoristas, llamó ‘inútil’ a Marcos. La respuesta del palacio fue repartir sobres con mil pesos en efectivo —14 dólares— y prometer crudo ruso que aún huele a papel mojado. La escena se repite: un SUV arranca sin pagar 5 500 pesos de gasolina; el empleado de la bomba paga la diferencia de su bolsillo. La policía revisará cámaras, pero los conductores ya han cerrado filas: ‘Nosotros somos la cámara’, dicen.

En el cruce de Maginhawa, donde los triciclos duermen amarrados con cuerdas de nylon, han resucitado los community pantries: arroz, huevos, fideos, latas. La gente deja garrafones de agua y se lleva una lata de sardinas. Jayson Naga agarra su sobre y sonríe por primera vez en la semana: ‘Con esto al menos mis hijos desayunan mañana’. Más de veinte barrios han copiado la fórmula. No es caridad; es supervivencia compartida.

El presidente asegura que hay reservas hasta junio. Mientras tanto, el petróleo sigue subiendo y la calle ya no pide rebaja: pide justicia. La frase que se grita en los semáforos resume el cálculo imposible: ‘Si el tanque se llena, el plato se vacía’. Y en Manila, el plato ya bate contra el fondo.