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Marolio desembarca en general rodríguez y promete 700 empleos con su mayor apuesta

La llanura bonaerense huele a mosto y harina recién molida. A 60 km de la City porteña, Marolio levanta un polo logístico y fabril que ya sumó 200 operarios y promete 500 plazas más cuando las tolvas del nuevo molino y los tanques de vinagre estén a pleno. La empresa que llenó los alacenas argentinos con sus sobres violeta de sopa y los frascos amarillos de mostaza apuesta ahora a controlar toda la cadena: desde el grano hasta la góndola.

La jugada de víctor fera que nadie vio venir

El dueño del grupo, Víctor Fera, compró 40 hectáreas en el parque industrial de General Rodríguez sin alharacas. El terreno costó lo que una semana de fútbol de un crack de Europa, pero el negocio no está en el ladrillo: está en quebrarle la espalda a la inflación. "Producir nuestra propia harina y vinagre es la única forma de evitar los saltos de precio que marca el mercado cada dos meses", le confesó a este diario un directivo que pidió reserva porque la licitación de molinos todavía no cierra.

La cuenta es simple. Argentina consume 550 mil toneladas anuales de fideos; Marolio aporta el 18 %. Con su propio trigo, el ahorro por tonelada ronda los 90 dólares. Multiplíquelo por 100 000 y la caja se estira 9 millones de verdes por año. Ahí aparece la promesa de precios quietos que repite Fera en cada spot.

De la ruta 7 al centro de mesa

De la ruta 7 al centro de mesa

El complejo tendrá tres molinos Buhler —suizos, de última generación— capaces de triturar 300 t diarias y una planta de vinagres que bombeará 4 millones de litros mensuales: alcohol, vino, manzana y aceto balsámico que hoy importa desde Italia. El almacén de distribución, de 25 000 m², conectará por túnel con la RN 7 y descargará 400 camiones por día. La obra civil empezó en febrero; los hornos de pan rallado arrancan en octubre.

La elección de General Rodríguez no fue casual. El distrito le regaló una zona franca parcial que exime del 50 % del impuesto inmobiliario durante ocho años y prorrogó el servicio de gas natural hasta el límite del predio. El intendente, Mauricio Barsotti, necesitaba un ancla para compensar el cierre de la fábrica de PepsiCo en 2022. Lo consiguió: los 700 empleos de Marolio triplican los que se perdieron con el gigante de las gaseosas.

El sindicato ya empezó a mover fichas

El sindicato ya empezó a mover fichas

La UOM de Moreno se anotó desde el día uno. Quiere organizar la planta y negociar una cláusula que obligue a contratar vecinos del partido antes que traer operarios de Zárate o Campana. Fera, hasta ahora, se hace el desentendido: los primeros 200 contratos fueron todos tercerizados por tres empresas de servicios que facturan en negro, segén la denuncia que el gremio presentó en la Subsecretaría de Trabajo provincial.

Mientras tanto, los proveedores de trigo ya pelean por entrar. Los pools de siembra de Pergamino ofrecieron 10 % menos que la cotización de Chicago a cambio de contratos de tres años. El juego se pone pesado: sin intermediarios, el productor recupera lo que pierde con las retenciones y Marolio asegura materia prima a precio fijo. El perdedor, como siempre, es el consumidor que no integra la cadena.

El dato que desmiente el discurso

El año pasado la marca subió sus fideos 17 veces. En 2024 ya acumulan 9 aumentos. La harina propia recién llegará a las líneas en diciembre. Hasta entonces, el ahorro sigue siendo una promesa de campaña. Mientras los tanques de acero crecen en el campo de soja que antes ocupaban los lotes, en los supermercados el paquete de tallarines de medio kilo ya cuesta lo mismo que un litro de nafta. La ironía: la fábrica que promete bajar precios se inaugura cuando la inflación anual toca el 290 %.

General Rodríguez, un pueblo que vive del transporte y del agro, tendrá su propio Silicon Valley de la harina. Si el plan funciona, Fera no solo habrá doblado la apuesta: habrá convertido a Marolio en el primer jugador nacional que le puede decir a los molinos extranjeros "no te necesito más". El riesgo, claro, es que el país que no logra estabilizar su moneda termine comiendo sus propios sobres de sopa a 500 pesos cada uno. Ahí nadie cantará el jingle.