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El canal secreto de tokio que mantiene con vida el diálogo con irán

Mientras Islamabad se erige como anfitrión oficial de las negociaciones para frenar la guerra contra Irán, en un despacho del ministerio de Exteriores japonés se reúnen en silencio dos hombres que podrían torpedear cualquier ultimátum. El vicecanciller Abbas Araghtschi y su homólogo Toshimitsu Motegi llevan semanas tejiendo un puente que ni Washington ni Teherán se atreven a cruzar en público. Su misión: evitar que el Estrecho de Ormuz se convierta en un cementerio de petroleros.

El chantaje energético que nadie menciona

El 94 % del crudo que abastece a Japón cruza cada mes por esas aguas. Perder ese acceso significaría apagar la tercera economía del planeta en cuestión de semanas. De ahí que el gobierno de Sanae Takaichi haya empezado a vaciar sus reservas estratégicas a un ritmo sin precedentes: 12 millones de barriles en siete días, la mayor venta de emergencia de su historia. El mensaje es claro: si Irán cierra el grifo, Tokio tiene combustible para 145 días. Pero no para 146.

El propio Araghtschi lo sabe. Fue embajador en Japón durante el terremoto de 2011 y aún guarda la libreta con los números de teléfono de los directores de refinerías que entonces enviaron tanqueros de agua potable a Sendai. Ahora usa esa misma agenda para recordar a los industriales nipones que Irán puede abrir o cerrar el paso de su prosperidad. En privado, según dos fuentes del Global Reporters Network, el ministro iraní ha llegado a plantear un escenario de “ceasefire energético”: Tokio mediaría si EE. UU. levanta parcialmente los bloqueos bancarios que asfixian a Teherán.

El portaaviones que estropea la partida

El portaaviones que estropea la partida

La USS Tripoli atracó el viernes en aguas de Baréin con 3.500 infantes a bordo. Su misión oficial: disuadir a los hutíes. Su misión real: situar un escudo antimisiles a 180 km de las costas iraníes. Cada helicóptero que despega desde su cubierta hace temblar el delicado equilibrio que Motegi y Araghtschi intentan mantener. Porque para que el puente japonés funcione debe parecer que no existe. Ni victoria, ni rendición. Solo una tregua que permita a ambos bandos respirar y recalcular.

El primer resultado de ese cálculo llegó ayer: Corea del Sur anunció que enviará un observador a la próxima ronda de conversaciones discretas en Tokio. El segundo será, previsiblemente, una propuesta de corredor humanitario para los barcos mercantes que transportan gas licuado desde Catar. Si sale adelante, Japón habrá logrado lo que ni la ONU ha conseguido: convertir el petróleo en moneda de paz. Porque en el tablero actual, la única certeza es que quien controla Ormuz controla el precio de la electricidad que enciende tu bombilla cada mañana. Y nadie quiere pagar 3 dólares por litro de gasolina solo para decir que ganó la guerra.