Opertti desmenuza el sistema educativo: su diagnóstico duele y las soluciones no son gratis
Hace cuarenta años que Renato Opertti se codea con ministros, directores y técnicos que prometen cambiar la escuela. Ahora publica 900 páginas que arrancan con una frase incómoda: la educación no se rompió con la pandemia, solo dejó de disimular lo que ya estaba roto.
La mentira que repiten los informes
El dato duele: el 70% de los chicos de diez años de ingreso bajo o medio no entienden un texto sencillo. Esa cifra no viene del coronavirus, viene de 2015. Opertti lo cita sin piedad. El virus solo encendió la luz y la cucaracha llevaba años merodeando. Su conclusión es tan directa como una cachetada: los sistemas miden lo que les conviene y callan lo que los hace sangrar.
Por eso el libro arranca con una advertencia: si la escuela sigue siendo un campo de batalla para ganar votos o un catálogo de programas sin hilo conductor, la desigualdad no se reducirá ni un milímetro. La culpa no es de los docentes, es de quienes diseñan currículos que nadie puede enseñar y evaluaciones que nadie entiende.

El currículo que sofoca al maestro
Opertti se pasa media vida en reuniones de la OEI y sabe que la palabra currículo suena técnica y aburrida. Por eso la desarma: no es una lista de contenidos, es la forma que un país elige para decirle a un chino qué tipo de ciudadano quiere fabricar. Cuando el currículo se infla hasta el absurdo, el docente deja de enseñar y se convierte en repositorio de protocolos. El resultado: clases donde se cumple el plan, pero no se aprende.
La discusión que mantiene con Daniel Innerarity es demoledora. El filósofo español avisa que el culto a las competencias vacías genera alumnos que saben resolver problemas que no existen. Opertti no lo desmiente, solo matiza: el problema no es la herramienta, sino el uso que hacen los burócratas para justificar recortes. La frase que queda colgando es una sentencia: un currículo que enseña a pensar sin dar nada sobre qué pensar es un fraude consentido.

La libertad que nadie defiende
En el capítulo más político del libro, Opertti se anima a lo que pocos desde su trinchera se atreven: denuncia el prohibicionismo de derecha que prohíe hablar de género en Florida y la cancelación de izquierda que dicta qué libros se pueden leer en las aulas universitarias. Ambas, dice, son la misma moneda: quienes se creen dueños de la verdad imponen silencio. La cita de Martín Caparrós es lapidaria: “La cancelación es la forma moderna de quemar libros sin ensuciar las manos”.
El mensaje es claro: la escuela no puede ser un espacio seguro para la ortodoxia, debe ser un lugar incómodo donde las ideas choquen. Si no, terminamos formando adultos que repiten eslóganes y se asustan cuando alguien piensa distinto.
La pregunta que nadie quiere responder
Al cierre, Opertti se apoya en un estudio de Brookings que debería estar en la mesa de lunes de cada ministro: los chicos que comparten la mesa familiar una vez por semana mejoran hasta 28 puntos en matemáticas. La repetición de grado, en cambio, no sirve para aprender, solo para etiquinar. Y la separación temprana de alumnos por itinerarios es la forma legalizada de enterrar la equidad.
El libro no regala soluciones mágicas. Lo que ofrece es algo más valioso: un mapa de los puntos donde el sistema se desangra. La pregunta final no es retórica: si seguimos mirando la educación como un gasto y no como una inversión, el próximo informe de PISA volverá a dar vergüenza y seguiremos escribiendo planes que nadie cumple.
Opertti ya cumplió: denunció la estafa. Ahora le toca a los que tienen el poder de firmar los presupuestos decidir si la escuela sigue siendo el lugar donde se entierra el futuro o donde se desentierra.