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Pentágono renueva la guerra urbana: la granada que destroza por presión

El ejército estadounidense ha resucitado una tecnología bélica que no se veía desde la guerra de Vietnam: la granada de impacto de presión. Una nueva arma, la M111, que promete revolucionar el combate en entornos urbanos, pero que plantea serias dudas sobre las consecuencias para civiles y propios.

Un retorno a las tácticas de asalto

En un giro inesperado, el Pentágono ha optado por recuperar el concepto de la granada de impacto, relegado durante décadas en favor de las granadas de fragmentación. La M111, presentada oficialmente el mes pasado, se aleja del modelo tradicional al no dispersar fragmentos metálicos. En su lugar, genera una onda expansiva de alta presión, diseñada para incapacitar al enemigo sin causar heridas por esquirlas. La justificación oficial es la necesidad de adaptarse a los conflictos urbanos modernos, donde los edificios y las calles estrechas dificultan el empleo de otras armas.

Pero hay un detalle que preocupa: la forma en que esta onda expansiva afecta al cuerpo humano. Según un folleto interno del ejército, citado por CNN, la presión ejercida sobre los tejidos “los comprime y descomprime violentamente”, poniendo en riesgo “los tímpanos, los pulmones, los ojos y el tracto gastrointestinal”. En otras palabras, la granada puede causar daños internos devastadores, incluso a personas que se encuentren protegidas tras muebles o paredes delgadas.

El coronel Vince Morris, uno de los responsables del proyecto, afirma que la M111 permite neutralizar a un enemigo que se refugia en estructuras, algo que resultaba problemático con la anterior granada M67. La hulla de plástico de la granada se evapora al impacto, evitando así el riesgo de dispersión de materiales peligrosos, un problema que afectó a las tropas estadounidenses durante la guerra de Vietnam, cuando las granadas contenían asbesto. Un error costoso en vidas y salud.

Lecciones aprendidas en irak

Lecciones aprendidas en irak

La M111 no surge de la nada; se basa en la experiencia adquirida durante la guerra de Irak, donde el ejército estadounidense se enfrentó a combatientes atrincherados en edificios y fortalezas improvisadas. La M67, aunque efectiva, demostró ser vulnerable ante esta táctica. La nueva granada, por tanto, pretende solucionar esa limitación, pero lo hace a cambio de un riesgo diferente: el daño colateral.

Es significativo que el ejército no vaya a abandonar por completo la M67. La granada de fragmentación seguirá utilizándose en terrenos abiertos, buscando “maximizar el efecto letal de los fragmentos”. Una admisión tácita de que, en algunos escenarios, la precisión y la capacidad de causar daño a distancia siguen siendo prioritarias, incluso a riesgo de afectar a la población civil. La decisión final, en definitiva, es un reflejo del pragmatismo militar: adaptar las herramientas a las circunstancias, sin importar el costo moral.

La puesta en marcha de la M111 plantea preguntas incómodas sobre la naturaleza del combate urbano y la responsabilidad del ejército estadounidense en la protección de civiles. No es solo una nueva arma; es un nuevo enfoque para la guerra, uno que podría tener consecuencias impredecibles.