El asfalto devora cdmx: 38 % del aicm es solo para estacionar coches que ya no caben

A las 08:00 hrs de un martes cualquiera, cinco millones de autos duermen en la Zona Metropolitana del Valle de México. Despiertan uno y medio millones, se meten en la arteria y la dejan tirando humo. El resto —tres millones y medio— permanece inmóvil, ocupando suelo que ya no existe. Antonio Suárez Bonilla, coordinador del Laboratorio de Movilidad e Infraestructura Verde de la UNAM, lo resume con una frase que suena a epitafio: «Lo que sobra es asfalto y coches».

El aeropuerto convertido en lote

Si alguien quiere entender por qué la ciudad se ahoga, que abra Google Earth y sobrevuele el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. En 693 hectáreas, 264 están tapiadas de cemento y pintura blanca: sólo para que los coches esperen. Casi cuatro de cada diez metros cuadrados del principal hub aéreo del país sirven para que un automóvil no se mueva. Mientras, los pasajeros pierden vuelos porque la fila de acceso a terminales se estira kilómetro y medio. La ironía es tan brutal que duele: el espacio que nos lleva a otros continentes está secuestrado por los que no logran salir de la colonia.

El problema no es falta de vialidades; es exceso de metal. Cada coche nuevo exige 7 m² de calzada, 3 m² de banqueta adicional y 2 m² de cochera. Multiplíquelo por cinco millones y descubrirá que el Valle de México ha regalado 60 km² —el equivalente a dos veces la colonia del Valle— solo para que el automóvil exista. Suárez Bonilla insiste: «Planificar ya no es añadir, es quitar».

El 95,9 % de la energía que se traga el transporte se la beben los autos

El 95,9 % de la energía que se traga el transporte se la beben los autos

El dato lo dio él mismo durante el seminario «Ciclo tecnologías para la movilidad urbana. Eficiencia y sustentabilidad» organizado por el Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad. El país dedica 46 % de su gasto energético total a mover personas y mercancías; dentro de ese paquete, los autos particulares se comen casi todo. Los camiones, las bici, el tren, el metro y el pesero compiten por las migajas del 4,1 % restante. La conclusión es políticamente incorrecta pero aritméticamente indiscutible: mientras más autos haya, más pobres seremos de energía.

La solución, dicen los expertos, pasa por cuatro palancas: mejorar el espacio público, sembrar biodiversidad, manejar el agua como si fuera oro y rediseñar la forma de movernos. Ninguna depende de tecnología futurista; todas requieren dejar de construir para el coche. El Laboratorio calcula que una bici eléctrica de 22 kg reemplaza, en viajes menores a 8 km, a un auto de 1.400 kg. El ahorro de espacio y energía es de 98,4 %. El ahorro de vida, ni se mide.

Micromovilidad: negocio de 50 000 millones de dólares que el reglamento ignora

Micromovilidad: negocio de 50 000 millones de dólares que el reglamento ignora

Roberto Trinidad González Torres, profesor del LabMov, trae la calculadora: las e-bikes globales tocan los USD 50 000 millones. En la Ciudad de México, sin embargo, siguen siendo vehículos fantasma. La norma los reconoce si no pasan de 25 km/h y exige placas, seguro y casco, pero ni la Secretaría de Movilidad ni la policía saben cómo multar lo que no tienen clasificación. El vacío legal convierte a cada patinete en blanco de corrupción: «Te lo detienen porque parece juguete, pero te lo retienen como si fuera tractocamión», dice González Torres.

Detrás del conflicto hay una guerra de baterías. Cada e-bike lleva entre 300 y 500 celdas de litio. Cuando se descargan, el usuario las tira a la basura o las vende a chatarreros que las incineran. Apenas tres empresas en todo el país reciclan estas baterías y ninguna tiene contrato oficial con gobiernos locales. La alternativa —baterías intercambiables en estaciones tipo kiosco— choca con la misma obsesión: se necesita espacio público y la banqueta ya está copada por coches estacionados.

El futuro, cuentan los ingenieros, pasa por vehículos de menos de 800 kg construidos con acero de alta resistencia, aluminio o fibra de vidrio. Serán cuatriciclos con carrocería de auto, pero sin la obesidad. La autonomía llegará, pero primero en zonas cerradas: campus, parques industriales o centros comerciales. González Torres admite que el taxi autónomo no sale de la barda porque la supervisión remota aún se corta con una gotera.

La última imagen es la más demoledora. En la glorieta de la Palma, un ciclista se arrima al semáforo junto a un SUV. El coche arranca con un solo ocupante; la bici, con conductor y batería, pesa 27 kg. Ambos disputan el mismo metro de asfalto. El ciclista gana por milisegundos, pero el SUV gana por tonelada. Ahí está la guerra: la ciudad la perdemos cada vez que el semáforo se pone en verde.