El bloqueo de ormuz deja 70.000 toneladas de comida varadas y 17 millones de afganos al borde del hambre
El estrecho de Ormuz se ha convertido en la traba que ahoga a los más hambrientos. El Programa Mundial de Alimentos acaba de confirmar que 70.000 toneladas de ayuda alimentaria —el equivalente a dos días de raciones para todo afganistán— duermen el sueño de los inocentes en algún puerto sin fecha de salida.

La guerra que rompe la cadena de frío de la solidaridad
Corinne Fleischer, la directora de logística que ha visto desmoronarse cadenas de suministro desde el tsunami de 2004 hasta la invasión de Ucrania, no se anduvo con eufemismos: «Es la interrupción más significativa desde la covid». Y lo dice con la voz queda de quien sabe que detrás de cada contenedor retenido hay un niño que deja de comer hoy para que otioz pueda hacerlo mañana.
El efecto dominó es brutal. afganistán, que ya arrastra 17 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria, dependía de un puente terrestre desde Pakistán. Cuando Irán y Paquistán cruzaron misiles, el PMA redirigió la carga hacia Bandar Abbas. Llegó la guerra, y la ruta se volvió un pozo sin fondo.
La solución improvisada es una odisea de 5.600 kilómetros: Dubai, Saudi, Jordania, Siria, Turquía, Azerbaiyán, Turkmenistán. Mil euros más por tonelada. Veintiún días extra. «Hemos probado una ruta alternativa», dice Fleischer, pero su tono denota que el experimento no es sostenible si el bloqueo se eterniza.
El mar regula los relojes del hambre. Durante la covid, los barcos tardaron cinco meses en recuperar su ritmo cuando los muelles reabrieron. Cinco meses para un contenedor de lentejas. Cinco meses para un afgano que ya ayer midió su última ración de harina.
Mientras tanto, los puertos del Golfo se llenan de barcos que no pueden descargar y de camiones que no pueden cargar. La logística humanitaria es la única industria donde el almacén lleno es síntoma de fracaso: significa que la comida no llega. Y ahora hay silos rebosando cerca de Ormuz mientras en Herat los precios del trigo se disparan un 30 % en una semana.
La lección es tozuda: cuando los Estados juegan a la guerra, los hambrientos pagan el precio antes que nadie. Y el precio, esta vez, se mide en toneladas que no se moverán hasta que alguien, en alguna mesa de negociación, decida que el paso de un buque vale más que el lanzamiento de un dron.