El cardenal martínez dispara contra los 'daños colaterales' desde el altar
La homilía del Domingo de Ramos de Adalberto Martínez Flores estalló en la Catedral de Asunción como una granada de silencio: la metáfora de los 'daños colaterales' retumbó en la nave y salió por las puertas de la capital.
Con la misma mano que bendijo los ramos de palma trenzada, el cardenal paraguayo señaló al cielo —y al mismo tiempo a los bunkers políticos— cuando denunció que «se lanzan misiles y bombas contra pueblos enteros donde mueren civiles inocentes». No citó a Rusia, ni a Ucrania, ni a Gaza. No hizo falta. La condena fue tan amplia como la ausencia de nombres propios.
El púlpito se convierte en tribuna
Martínez habló ante apenas unos cientos de fieles, pero la grabación de la Radio Paraguay ya acumula decenas de miles de reproducciones. El arzobispo supo que su parroquia ese día era la timeline global y le dio caña al lenguaje bélico que las potencias justifican en los papeles: «Para Dios no existen daños colaterales causados por maldades». La frase cortó el aire. Algunos se persignaron. Otros tantos sacaron el móvil.
La jerarquía católica paraguaya viene marcando distancia de los gobiernos que se alinean con exportaciones de armamento. En 2023 el Episcopado ya había exigido transparencia sobre los cargamentos de munición que salen desde el puerto de San Antonio rumbo a Europa del Este. Ahora, el mensaje se endurece: «Sanar las heridas del corazón» no es solo espiritual; es un mandato diplomático.

Aborto y eutanasia, la otra trinchera
Tras la embestida contra la guerra, el cardenal giró el fusil hacia casa. Soltó una letanía contra el aborto —«niños a los que no se les permite nacer»— y dedicó oración especial a Noelia Castillo, la extremeña de 30 años que recibió la eutanasia en España el jueves. El Vaticano ya ha empezado a instruir el caso como ejemplo de «cultura del descarte», pero Martínez fue más allá: pidió rezar por «las leyes que llaman muerte a la dignidad».
En los bancos, jóvenes con ramos de pindó —la palma autóctona— miraban el suelo. Las familias numerosas aplaudieron. Afuera, la procesión se preparaba bajo un sol de 34 °C que ya huele a tereré y a Semana Santa.
La homilía terminó, pero la eco-política apenas empieza. El martes, cuando el cardenal lave los pies a doce reclusos en el Penal de Tacumbú, volverán las cámaras. Y con ellas, la pregunta que esta vez Martínez no formuló: ¿cuántos de esos presos son «daños colaterales» de una sociedad que bendice misiles y condena pastillas?