El congreso desentierra a los héroes ocultos de malvinas y estalla la bronca de los que volvieron

El Salón Azul olía a nafta y a lágrima. Allí, donde suele resonar la grieta, ayer se escuchó el estallido de unos tambores que nadie toca hace 44 años: los de la guerra que Argentina perdió pero no se atreve a enterrar. Mientras fuera la ciudad discutía precios y paritarias, adentro 16 sobrevivientes recuperaron un pedazo de piel en forma de diploma. Fue la primera edición del año de “Malvinas, Epopeya Nacional”, el ritual cuatrimestre que el Senado repite para que el 2 de abril no quede solo en hashtag.

La lista que no aparece en los manuales de historia

Ocho veteranos del Ejército, tres de la Fuerza Aérea, dos de la Armada y tres civiles sin uniforme subieron las escalinatas del palacio legislativo. Entre ellos, Mariana Soneira, que a los 19 años se negó a bajarse del buque San Blas cuando Londres ordenó hundirlo todo. También Daniel Hadad, dueño de Infobae, que se anotó como voluntario y nunca recibió la cédula; ayer le dieron la que la Marina le negó en el ’82. El acto lo armó Nicolás Kasanzew, director de la Gesta de Malvinas, un hombre que gasta el sueldo en viajar al archipiélago para que los británicos no lo olviden ni nosotros.

Lo que nadie cuenta es que cada homenajeado llegó tras una pelea privada. El capitán Ricardo Frecha, Comandos 601, tuvo que bancarse veinte años de terapia para decir en voz alta que “los verdaderos héroes fueron los conscriptos, los que estaban en los pozos, llenos de agua, pensando que esa era la última noche”. Al lado, Odín Rodríguez —el artillero que aparece gritado en los viejos videos de Lamela— recibió el aplauso que no llegó cuando volvió con la cara quemada por el retroceso del Oto Melara.

Los números que londnes nunca publicó

Los números que londnes nunca publicó

Horacio Bicain, que comandó el submarino Santa Fe, soltó un dato que los archivos del Reino Unido sellaron como “confidencial hasta 2062”: “Los británicos creían que estarían solo un par de días. No se imaginaron la cantidad de buques hundidos ni las bajas que llevarían”. La cifra habla por sí sola: dos helicópteros derribados en Grytviken, la fragata Argonaut fuera de combate, un Harrier abatido por un soldado con un Blow Pipe. Pero el menú de la tarde no fue gloria; fue reparación.

Alberto Filippini, ex brigadier, recordó que “los 55 halcones que cayeron” lo hicieron con bombas de 250 kg que no estallaban y misiles sin cazar. “Con el armamento adecuado, otro habría sido el desenlace”, dijo. No lo dijo para excusarse; lo dijo para que el próximo gobierno no vuelva a mandar pibes con chalecos de lona a un campo de minas.

El cierre que no entra en el acta oficial

El cierre que no entra en el acta oficial

La ceremonia terminó en las escalinatas, bajo la lluvia que a esta altura parece parte del guion. Sonó la marcha de Malvinas y alguien gritó “¡Viva la Patria!” sin micrófono. Muchos respondieron, pero no todos. Un veterano del Regimiento 7 se agachó a atarse la bota y susurró: “Cada vez que me invitan, me la vuelven a romper”. A su lado, la hija del teniente Guadagnini —que estrelló su Skyhawk contra la fragata Antílope— sostenía el diploma como quien carga un fardo de ladrillos: “Mi papá eligió servir a la patria con honor. Nosotros vivimos con su historia, no con su pensión”.

El Senado prometió repetir la fiesta en junio, agosto y noviembre. Los homenajeados se fueron en colectivo. Algunos con el diploma enrollado, como si fuera un diario del ’82 que nunca se atrevieron a leer. La guerra les quedó grabada a fuego, pero el país sigue sin decidir si es una cicatriz o un tatuaje. Mientras tanto, 44 años después, los verdaderos ganadores son los que lograron volver a casa… y soportar que cada abril les recuerden que nunca llegaron del todo.