El cristo yacente despierta a valladolid tras dos años de silencio
La plaza de Santa Ana se llenó hasta la última losa. A las 18.50, los tambores rompieron el mutismo y el Cristo Yacente de Gregorio Fernández emergió del Monasterio de San Joaquín y Santa Ana como un latido que retorna tras dos Sábados Santos en los que la pandemia lo mantuvo recluido. Entre 21 grados de sol y la ansiedad contenida de 27 salidas anteriores, la capital castellana recuperó este sábado su imagen más sobria.

La primera procesión fúnebre sin luto sanitario
El retraso de diez minutos se perdió en el eco de los tambores. Los ángeles de plomo que custodian la talla —soldados del Ejército con guantes blancos— avanzaron al ritmo de un coro que apenas susurró. Ni una sola marcha procesional. Solo el silencio, el roce del terciopelo negro de los cofrades y el crujido de la madera del siglo XVII al posarse sobre los hombros. El cortejo recorrió María de Molina, Héroes del Alcántara y Zúñiga para regresar al punto de partida, donde la Soledad —la virgen del siglo XVIII que nunca se firmó— aguardaba para encontrarse de nuevo con su hijo muerto. Fue un abrazo de tallas, no de brazos, pero el llanto se escuchó igual.
La cifra habla por sí sola: en 33 convocatorias desde 1931, solo cinco suspensiones. Dos seguidas, 2024 y 2025, dejaron un vacío que este año colmó hasta la desesperación. El prior del monasterio, antes de cerrar la puerta del museo, recordó que el Cristo Yacente no es solo patrimonio del Real Monasterio: es la versión en madera de una ciudad que se niega a dormirse. Mientras el coro entonó el Stabat Mater, los fieles no aplaudieron; permanecieron inmóviles, como quien retiene el aliento para no romper el hechizo.
Lo que nadie cuenta es que la talla viaja sin seguro: vale lo que vale una iglesia entera, pero su precio no figura en ninguna póliza. El terciopelo negro de los hermanos se cosió en 1931 y aún conserva la misma seda. En los bolsillos interiores llevan bordadas iniciales que ya nadie recuerda. El capataz que dirige el paso lleva 43 años en el cargo y confiesa que cada vez le cuesta más contener el temblor de la crucifixión cuando el Cristo se inclina al girar la esquina de Zúñiga. «Se nota el peso de los siglos», susurra, y no exagera: 97 kilos de madera de ciprés que se han vuelto 200 de responsabilidad.
Valladolid recuperó este sábado su foto de familia: la plaza iluminada, los balcones con pañuelos negros, los turistas que se creen en un museo vivo y los vallisoletanos que saben que están dentro. A las 21.30, el Cristo volvió a su capilla. La ciudad quedó en calma, pero nadie se fue a dormir. En los bares cercanos se ordenan lechazos y ribera del Duero mientras se comenta que el próximo despertar será el Domingo de Resurrección. La diferencia es que, esta vez, el Yacente ya no yace: espera de pie, porque la tradición que se reanuda no admite más ausencias.