El ex ideólogo de wilders que predicaba contra el islam ahora recorre holanda desmontando su propio odio
Joram van Klaveren se levantó un día de 2018, se miró al espejo y descubrió que el enemigo era él. El mismo hombre que escribió los manifiestos antiislámicos que aún recitan los seguidores de Geert Wilders acaba de terminar la oración del mediodía en una mezquita de Utrecht. La conversión le pilló a los 43 años, cuando ya era «heredero natural» del líder del Partido por la Libertad (PVV). Ahora, con la barba recortada y el corazón deshecho, visita colegios y cárceles para desmontar la maquinaria del miedo que él mismo engrasó durante doce años.
De príncipe del odio a apóstol del perdón
El 11-S coincidió con su primer día de clase en la universidad. El asesinato del cineasta Theo van Gogh, tres años después, terminó de sellar su vocación: «Esta gente está más loca de lo que creía», pensó. Se afilió al PVV, subió como la espuma y llegó a ser portavoz parlamentario. Su discurso era simple: el islam es un culto maligno. Lo repetía en debates, pamphlets y redes hasta que una tarde de 2014 Wilders gritó desde un estrado: «¿Más o menos marroquíes?». La multa respondió «¡menos!» y Van Klaveren se quedó helado. Preguntó qué pasaría con los afiliados de origen magrebí. «Daño colateral», le espetaron. Al día siguiente presentó la dimisión: «Habíamos cruzado la línea del islamofobia para entrar en el racismo de toda la vida».
Quiso refutar la fe que odiaba. Contactó con un profesor de Cambridge, se encerró con cien libros y partió al ataque. Buscaba contradicciones; encontraba coherencia. Buscaba violencia; tropezaba con el perdón que Mahoma otorgó a Hind bint Utba, la mujer que había descuartizado a su tío. «Esperaba venganza y la página rezaba clemencia. No encajaba con la imagen que yo vendía», recuerda. El golpe de gracia llegó cuando un ejemplar del Corán se le cayó de la estantería y se abrió en la aleya 22:46: «No son los ojos los que están ciegos, sino los corazones». Se convirtió en silencio, sin teatros. Su mujer, cristiana, apenas alzó la vista: «Tendrás que seguir poniendo el lavavajillas».

300 Colegios después, la factura del pasado
Van Klaveren ha pisado ya más de 300 aulas. Lleva el mismo portátil con el que redactó leyes contra el islam y ahora proyecta versículos que hablan de misericordia. Los alumnos lo miran incrédulos; algunos le recitan sus viejos tuits. «Reconozco cada frase mía en la boca de los nuevos ultras. Duele, pero me facilita la refutación: conozco el manual al dedillo». En los debates televisivos se cruza con quienes fueron sus pupilos. Les dice que se arrepiente «al cien por cien». No pide perdón con lágrimas; prefiere estadísticas: «En 2010 el 63 % de los neerlandeses veían el islam como una amenaza. Hoy somos más, pero el miedo sigue creciendo. Yo ayudé a construir esa cárcel de prejuicios y ahora tengo las llaves».
En casa, la convivencia es un experimento vivo. Sus hijos escuchan los relatos de Jesús en la versión cristiana y musulmana. Para su madre, Cristo es Dios; para su padre, un profeta. «Cuando sean mayores, elegirán», dice. Mientras, sigue recorriendo Holanda con la certeza de que el odio es un producto que se vende mejor que la compasión. Pero insiste: cada vez que un adolescente levanta la mano y pregunta «¿y si me pasara a mí?», la factura del pasado se reduce un punto. «No tengo la vanidad de pensar que cambiaré el país. Solo pretendo devolver la mitad del daño que sembré». Y cita al Corán, esta vez en voz alta: «Quien salve una vida será como quien haya salvado a toda la humanidad». La frave que antes usaba para atacar ahora la emplea para seguir adelante. El viaje de Van Klaveren no tiene final redentor; solo una cuenta pendiente que se reduce escuela a escuela.