El g7 saca el látigo energético: prepara un arsenal de medidas para frenar el caos del petróleo
París se ha convertido este lunes en el cuartel general de la diplomacia del miedo. Los ministros de Finanzas y Energía del G7 han sellado un pacto de guerra contra la volatilidad del crudo: actuarán «con todas las herramientas disponibles» para que ni Putin ni los mercados rompan el tablero energético global.
La reunión, una videoconferencia urgente convocada a última hora del domingo, ha desembocado en un comunicado que suena más a orden de batalla que a declaración diplomática. Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido han puesto en la mesa la posibilidad de liberar más barriles de sus reservas estratégicas, ampliar el tope al precio del petróleo ruso y, por primera vez, estudiar sanciones a los buques «oscuros» que transportan crudo sin seguro occidental.
La frase que nadie firmó: «estamos dispuestos a actuar»
El texto oficial, de apenas 200 palabras, repite tres veces la misma expresión: «estamos dispuestos». Ninguno de los ministros, sin embargo, ha querido desglosar qué significa eso en euros por litro. La cautela obedece a dos números que pesan como plomo: el barril de Brent recuperó ayer los 79 dólares —un 22 % más que en enero— y el gas natural en Europa cotiza cinco veces por encima de su precio preguerra. La Unión Europea, que depende aún de los derivados rusos para el 12 % de su consumo, teme un nuevo pico si Moscú corta el grifo a través de Turquía antes del invierno.
El secretario del Tesoro estadounidense, Janet Yellen, ha puesto el cronómetro en marcha: «Necesitamos estabilidad antes de la campaña de calefacción». Traducción: se esperan decisiones en las próximas dos semanas, justo cuando la Reserva Federal y el Banco Central Europeal debaten si subir o congelar tipos para no ahogar la economía.
En el lado opuesto, Moscú ya ha respondido con silencio y tuberías. La compañía Transneft ha reducido el flujo por el oleoducto Druzhba hacia Hungría y Eslovaquia «por mantenimiento», un eufemismo que en el pasado ha anticipado recortes de suministro. El Kremlin sabe que cada corte parcial es un recordatorio: el G7 puede fijar precios, pero Putin sigue controlando el grifo.

¿Quién paga la factura si el g7 gana la guerra de trincheras?
La apuesta tiene un talón de Aquiles: la inflación doméstica. En Francia, el precio medio de la gasolina ha escalado 14 céntimos desde abril. En Italia, el gobierno de Giorgia Meloni acaba de prorrogar hasta agosto el desembolso de 5.500 millones en subsidios para amortiguar la subida del diésel. Alemania, que llenó sus almacenes hasta el 62 % de su capacidad total, empieza a descontar que cada 10 euros extras por barril le cuesta 1.200 millones anuales a su industria química.
Mientras, el lobby de aerolíneas europeas advierte de que un barril sostenido por encima de 90 dólabras recortará 7 millones de pasajeros en los hubs de París y Ámsterdam este verano. El turismo, que aún no ha recuperado el 100 % de 2019, volvería a sangrar.
La jugada final del G7 podría ser, paradójicamente, beneficiar a China. Si Occidente inunda el mercado con reservas, el crudo barato llegará a refinadores asiáticos que, lejos de sanciones, revenderán gasolina y fuel al mundo entero. Beijing ya incrementó sus importaciones rusas un 24 % en marzo. El cerco, pues, tendrá agujeros.
La reunión de la próxima semana en Tokio será la prueba del algodón. Allí se definirá si la promesa de «todas las medidas» se traduce en un nuevo tope al gasóleo marino o en una licencia implícita para que Arabia Saudita y Rusia recorten producción y mantengan a Occidente en vilo. El reloj corre mientras los termómetros suben. El verano empieza en 63 días. Y las reservas, pese a los discursos, no son infinitas.