El gobierno firma una declaración que blinda la lectura infantil como derecho

Madrid da este martes un paso que suena a promesa y a reto: convertir la lectura en la infancia en una política de Estado, no en un eslógan de campaña. A menos de veinticuatro horas del Día Mundial del Libro Infantil y Juvenil, el Consejo de Ministros rubrica una declaración institucional que coloca a los menores en el centro del ecosistema cultural y les reconoce como sujetos activos, no como simples destinatarios de cuentos.

De la escuela a la librería: el plan que une tres ministerios

La firma conjunta de Sira Rego (Juventud e Infancia), Ernest Urtasun (Cultura) y José Manuel Albares (Asuntos Exteriores) rompe la tradición de declaraciones agridulces que quedan en papel mojado. El texto compromete al Ejecutivo a trabajar mano a mano con bibliotecas públicas y librerías independientes, un guiño a un sector que lleva años denunciando la sangría de ayudas y la concentración del mercado en grandes cadenas.

La declaración no habla de «fomentar» la lectura, un verbo gastado por el uso burocrático; habla de abrir espacios reales de participación. Traducción: más horas de biblioteca escolar abierta después de clase, más puntos de préstamo en barrios periféricos y una partida presupuestaria que, aunque el texto no la desgrana, fuentes del Ministerio de Cultura sitúan en torno a los 8 millones de euros para 2025, una cifra que triplica la línea anterior dedicada exclusivamente al libro infantil.

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El párrafo que más ha costado cerrar es el que vincula la lectura con la salud emocional. La declaración afirma que garantizar el acceso a los libros es «una forma de proteger el bienestar emocional». No es retórica. El último informe de la Fundación Pfizer sitúa a la mitad de los adolescentes españoles con niveles elevados de ansiedad; entre quienes leen más de tres libros al mes, la cifra se reduce al 27 %. El Gobierno, sin nombrar la cifra, la conoce.

El mensaje apunta a las familias que miran la lectura como un lujo o un deber escolar, y también a las administraciones que recortaron bibliotecas durante la crisis. La frase clave: «Leer no es aislarse del mundo, sino relacionarse con él de manera más consciente». Una indirecta a quienes culpan de la ansiedad juvenil a las pantallas sin ofrecer alternativas reales.

El texto cierra con una afirmación que sonará a obviedad, pero que en los despachos ministeriales se discutió palabra por palabra: «Promover la lectura entre la infancia y la juventud es apostar por una sociedad más crítica, más igualitaria y democrática». Queda la gestión. Queda el dinero. Y queda la presión de una comunidad editorial que ya avisa: si en los próximos Presupuestos la partida no aparece, esta declaración quedará en la estantería de los documentos bonitos que nadie lee.