El pentágono burla la orden judicial y el times revienta
El Pentágono ha enseñado el dedo a la Justicia. El juez Paul Friedman dictaminó que la censura a la prensa era inconstitucional; el secretario de Guerra, Pete Hegseth, respondió con un pasillo y un autobús escolar. El New York Times no se lo traga y ha vuelto a los tribunales. La guerra por la información acaba de subir un octavo.
La cortina de humo que nadie pidió
El truco es de manual: abrir la biblioteca del edificio y cerrar los accesos reales. Los periodistas pueden entrar, sí, pero solo después de abrirse paso por pasillos laterales o subir a un lanzadera que antes estaba vetado. El resultado: el mismo bloqueo, ahora con barniz legal. Los abogados del Times denuncian que la nueva norma «implanta obstáculos encubiertos» y vulnera la sentencia de Friedman, que ya advertía que la política anterior carecía de «directrices claras» y ejercía «censura preventiva».
La jugada tiene mérito. En octubre, Hegset —ex-presentador de Fox News— exigió autorización previa hasta para preguntar por temas no clasificados y amenazó con sanciones. La reacción fue un éxodo masivo: AP, Reuters, CNN, NBC, ABC, CBS, Politico, Washington Post y el propio Times devolvieron sus credenciales. Solo quedaron One America News, The Federalist y The Epoch Times. El Pentáguno se convirtió en un club privado de medios afines.

El fallo que no se cumple
Friedman dictó que esa política «falsea la esencia del trabajo periodístico». Ordenó al Pentágono garantizar el acceso sin trabas. La respuesta de la administración Trump llegó el lunes: «Cumplimos la orden», dijeron, mientras estrenaban pasillos de servicio y un autobús que deja a los reporteros a cien metros de la sala de prensa. El Times ha vuelto a demandar. El juez aún no ha decidido si aplicará sanciones por desobediencia.
El episodio deja un saldo demoledor: la mayor potencia militar del planeta gestiona la información como una operación de relaciones públicas. Mientras, la opinión pública se queda sin contraste oficial en asuntos de guerra y paz. La próxima vez que un portaaviones zarpa o un dron dispara, solo un puñado de medios afines tendrán voz. Y eso, en democracia, es un campo de minas sin mapa.