El rabino que revive la huida de egipto en cada mesa argentina

Tzvi Grunblatt enciende el fuego a las seis de la tarde y, antes de que la primera llama lama la carne, ya hay un niño preguntando por qué esta noche es distinta. La respuesta no cabe en una sola vida: hace exactamente 3.338 años un puñado de esclavos comió pan sin tiempo de fermentar y se convirtió en pueblo. En la mesa de Jabad argentina el episodio se repite con la misma precisión del reloj del 1 de abril a las 23:59 y hasta el 9 de abril, cuando el último sorbo de vino borra la levadura del mundo.

Una memoria que se mastica

La matzá llega en cajas blindadas: trigo vigilado desde la siega, agua que no ha dormido más de dieciocho minutos, hornos que jamás vieron un gramo de fermento. Grunblatt la rompe en tres porciones, la esconde entre almohadones y la rescata antes de que el menor se duerma. “Es el pan de la aflicción que comieron nuestros antepasados”, dicta mientras el niño alza la masa quebrada como quien levanta un trozo de historia viva. La misma historia que ya masticó su bisabuela en Odessa, su padre en Once y que ahora él repite en Palermo con acento porteño que no se disculpa.

El Séder no es cena: es un juicio contra el olvido. En la kehará las hierbas amargas saben a ladrillo de madriguilla, el charoset recuerda el barro de los adobes y el cordero sangra en el recuerdo de un dios que pasó de noche y se llevó a la primeraborn de Egipto. Todo tiene hora: el vino se bebe cuatro veces, el afikomán se roba a las 21:37 y el texto se lee hasta que el hijo menor pregunta “Ma nishtaná?” —¿por qué esta noche es distinta?— y el padre responde con la misma entonación que usó Moisés cuando le dijo a Faraón: “Deja ir a mi pueblo”.

La limpieza que precede a la libertad

La limpieza que precede a la libertad

Una semana antes, las amas de casa argentinas se transforman en detectives del jametz. Revuelven alacenas, desatornillan molduras, soplean migas con plumas de avestruz. En Once una mujer encontró un fideo seco detrás del retrato de su suegra: lo envolvió en papel de aluminio y lo vendió simbólicamente a un musulmán de Paraguay por un peso. El contrato, descargable desde pesajargentina.com, tiene cláusula de rescate: después del 9 de abril el fideo regresa a su dueña, ahora limpio de historia.

Grunblatt insiste: “La libertad empieza cuando uno no posee ni una sola levadura. No es dieta: es desintoxicación de la esclavitud”. Por eso la cerveza se tira, la whisky se regala y la harina se dona. El rabino calcula que en argentina se destruyen toneladas de pan que equivalen al peso de dos estatuas de la Libertad. “Cada migaja que botamos es un ladrillo de Egipto que se desmorona”, resume mientras observa una fila de cajas de Matzá Shmurá que Jabad distribuye gratis: 120 mil unidades, suficientes para alimentar una ciudad invisible de judíos que nunca pisó el desierto.

El último día que anticipa el mundo por venir

El último día que anticipa el mundo por venir

Cuando el reloj marque el 9 de abril, el último día de Pésaj, Grunblatt abrirá Isaías y leerá la profecía del Mashíaj. Servirá matzá y cuatro copas de vino que no embriagan: solo anticipan. “Ese día comemos como quien prueba el menú del mundo que viene”, dice. El rabino cree que estamos en los últimos detallecitos: un conflicto que no termina, una economía que se tambalea, un virus que regresa. “Todo indica que falta poco para que la levadura desaparezca del planeta entero”.

Mientras tanto, en algún departamento de Belgrano un niño esconde el afikomán detrás del Talmud de su abuelo. Lo encontrará su padre a la medianoche y le dará un regalo: una bicicleta, un reloj, la promesa de que el año que viene volverá a preguntar. La tradición sobrevive porque alguien sigue robando el pan. La libertad sigue viva porque alguien sigue comiendo la aflicción. Y el pueblo judío sigue siendo pueblo porque, como dice Grunblatt, “no olvidamos la hora exacta en que dejamos de ser esclavos”.